Cuando en tiempos pretéritos los políticos digitalmente nombrados tomaban posesión de sus cargos (manierista mesa por artificiosa, terciopelo rojo acabado en áureas borlas, dominante crucifijo, Leyes del Movimiento, Fuero de los Españoles, católico Evangelio), a la vez juraban lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a las leyes que emanaban de su sacrosanta voluntad, bendecidas por hisopos cardenalicios.

Tal teatralización, notariada por cardenales, obispos o párrocos, se acompañaba también por autoridades civiles y militares, que podían ir desde el presidente de las Cortes al secretario del Ayuntamiento, con presencia de almirantes y generales o del cabo-sargento de puesto de la Guardia Civil (tal gradación dependía de la categoría política). Todos, eso sí, pendientes de las dos palabras mágicas, lealtad y fidelidad, esto es, 'honor y hombría de bien' (como corresponde a todo digno español) y 'observancia de la fe' al caudillo, salvador de la Patria.

Pero, por suerte, eran otros tiempos, y no existía una Constitución avalada por la ciudadanía en la cual se reconociera que el poder reside en el pueblo, único propietario, y que de él emanan los del Estado. Y voces como libertad, justicia, igualdad y pluralismo no solo no eran aceptadas, sino que se encarcelaron en los añejos rincones de tribunas inquisitoriales, abajo, en los sótanos, para que las humedades las corroyeran y borraran de mentes, aunque algunas dieron sus vidas por recuperarlas y devolverlas a sus propietarios.

Y hoy, ya supuestamente alejados de aquellos infiernos, yo pensaba que los aspirantes a cargos políticos prometían (no juraban, como antes) respeto a su partido, fidelidad a las instituciones democráticas y, sobre todo, lealtad al pueblo, así debe ser. Pero hete aquí que no, que todavía algunos pregonan a los cuatro vientos lealtades totales a los presidentes de partidos que los nombran, que los designan, como si tal pronunciamiento fuera condición indispensable para encabezar listas en las próximas elecciones. Sí, estaba equivocado: supuestos asentamientos ideológicos permanecen, por más que nos separen treinta y cinco años.