Canarias inicia el curso con una paz educativa que otras autonomías echan de menos. El Ejecutivo regional, pleno en competencias en la trascendental materia, tiene la ardua responsabilidad de poner en marcha una empresa y un servicio público con 23.000 docentes repartidos entre más de un millar de centros con 370.000 alumnos.

En tiempos de llamada a la austeridad el Gobierno canario se ve en la obligación de reducir gastos de un presupuesto en el que el 77% se destina a Sanidad, Educación y a políticas sociales. El presidente Paulino Rivero se ha puesto como objetivo reducir un 3% el presupuesto regional, una meta que hace prácticamente imposible que la enseñanza no sufra las consecuencias del ajuste.

En ejercicios presupuestario anteriores ya se tomaron decisiones para reducir el déficit autonómico, que provocaron protestas entre la comunidad educativa. Ello sirvió, no obstante, para situar al Archipiélago entre las comunidades menos endeudadas. ¿Puede soportar el sistema educativo más recortes? Ante esta disyuntiva resulta aleccionador el criterio que repite el ministro Ángel Gabilondo: "Si invertir en educación es caro, no invertir es carísimo". Por esa razón los recortes necesitan ahora de la dosis de imaginación suficiente para no provocar efectos negativos en la calidad de la enseñanza. La prioridad del sistema educativo son los estudiantes, la lucha contra el fracaso y el abandono.

Los profesores, que ya han demostrado su solidaridad con la rebaja de salarios, obtendrían una mayor valoración social con una mejor predisposición al diálogo frente a la movilización o la huelga. La búsqueda de la paz escolar es una prioridad para cualquier comienzo de curso, pero debe serlo mucho más ahora. Y en este contexto sabemos diferenciar por un lado a la representación sindical de los docentes con su perseverante labor crítica; y por otro, al profesorado canario, responsable, cumplidor, comprometido y dispuesto a arrimar el hombro, desde su responsabilidad de empleados públicos con el sueldo y el empleo garantizados.

Los resultados negativos que obtiene España en el ranking PISA deberían ser más que suficientes para alejarnos de cualquier conflicto laboral en la educación, o para rechazar modificaciones presupuestarias ajenas al consenso. El fuelle electoral, sin embargo, parece tener más peso que la prudencia o la estima a las nuevas generaciones que se preparan en las aulas españolas.

La recesión económica es una fatalidad y el paro su peor consecuencia. Sin embargo, el fin de la cultura del éxito, del ascenso rápido y de la riqueza sin escrúpulos debería ser un acicate para mimar la educación. "La crisis de la sociedad nace con el deterioro de la educación, savia que nutre el desarrollo social y personal de todo ser humano", afirma el catedrático Teodoro González Ballesteros.

Los gobiernos autonómicos, el Ministerio, los partidos políticos y los sindicatos contribuirán más al desasosiego general si no trabajan por el prestigio académico. El fin de una etapa en la que reinó la ganancia desorbitada por el ladrillazo necesita dejar paso a otra: un modelo educativo capaz de vincularse a nuevos sectores productivos al amparo de las últimas tecnologías, las nuevas energías, la salud, la investigación marina y las comunicaciones.

Y no puede faltar entre estos objetivos la implicación activa de la comunidad educativa, de los políticos, de los agentes económicos y de las familias. Los informes que valoran los resultados educativos de los países dejan clara la influencia del entorno más cercano al alumno. Padres y madres están en la obligación de crear las mejores condiciones para el estudio, no sólo las derivadas de sus posibilidades económicas, sino también las que podrían enmarcarse en todo lo que procure una cultura del esfuerzo. Toda educación empieza y termina por la voluntad, y esa crece y se cultiva en las familias. El afán de superación para abandonar el fracaso escolar constituye una obligación histórica para cualquier gobierno. En el mismo empuje deben aplicarse con denuedo los padres, sabedores de que la preparación es un valor en tiempos de crisis. Y que, como dejaron bien grabado en piedra los romanos, "nada es difícil si hay voluntad de superarlo".