Una gran estrella del cine no forma parte de nuestro imaginario, sino de nuestra vida misma. No sabría decir lo que Liz Taylor era para mí. De niño estuve enamorado de la joven Liz (la de Ivanhoe), hasta el punto de enamorarme de una niña que se le parecía. Luego Liz se hizo algo menos pura en Gigante y La gata sobre el tejado de zinc, y yo con ella. El amor se fue, y durante largo tiempo la admiré como actriz, y nada más. Pero hace casi veinte años acudió a Oviedo a recoger el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia (presidía una Fundación para la infancia) y Nelson Mandela recibía el de Cooperación Internacional. Al entrar en el teatro, Liz se cogió del brazo de Mandela, recorrieron lentamente el pasillo y subieron juntos al escenario. En ese momento sentí un estremecimiento, y el antiguo amor reverdeció con la fuerza de una pasión antigua e imborrable.