Si a nosotros nos enseñaron a inflar el currículo (ya nadie lo escribe en latín, curriculum), nuestros hijos aprenden cómo devaluarlo. A menos formación, más posibilidad de encontrar trabajo. Si confiesas que eres ingeniero y que sabes dos idiomas, por ejemplo, no te dejan optar a puestos de escasa cualificación. La sabiduría ingresa en la clandestinidad. Ese barrendero con el que usted se cruza por las mañanas, cuando sale a comprar el periódico, es licenciado en Filosofía, pero no se lo ha dicho a nadie por miedo a perder el empleo. Lee a Kant y a Platón a escondidas y escribe, por las noches, una tesis sobre Schopenhauer, pero se lo oculta a todo el mundo para no tener problemas laborales. Aprendió a presentar currículos pobres en una página de Internet dedicada a estos menesteres.

Quiere decirse que todo el mundo adultera su biografía, unos por arriba y otros por abajo. Nos preguntamos, por ejemplo, cuánta gente falsificará títulos de medicina. Decimos de medicina porque según un reciente estudio, llevado a cabo por la Universidad de Granada en nueve hospitales de referencia, más del 30 % de los pacientes de urgencias están mal medicados. Es mucho error en un asunto tan sensible. Apliquen, si no, ese porcentaje a cualquier otra actividad. Supongamos que el 30 % de las personas que trabajan en una central nuclear hiciera las cosas mal, o que el 30 % de las personas encargadas de regular el tráfico programara mal los ordenadores, o, no sé, que el 30 % de los pilotos de aviación no supieran aterrizar. ¡El 30 %!, pone los pelos de punta, de verdad. Y hablamos de hospitales como el Clinic de Barcelona, el Gregorio Marañón de Madrid o el Virgen del Rocío de Sevilla. ¿Qué clase de currículos escribieron los responsables de ese 30 % de desaguisados?

De momento, si usted acude a una urgencia, rebaje la importancia de lo que le ocurre, aunque se esté muriendo, para que le mediquen de forma menos agresiva. Está claro que para sobrevivir conviene que vayamos por la vida disimulando el nivel de nuestros conocimientos y rebajando la gravedad de nuestras enfermedades. Sólo a los médicos de urgencias, por alguna razón, les está permitido inflar el currículo. Y la receta.