El otro día un amigo me pedía opinión sobre la exigencia de diversos millonarios franceses y alemanes a sus gobiernos para que apliquen un impuestos especial a las grandes fortunas -a ellos mismos- que contribuya a resolver los problemas de deuda y déficit en esos países... que son los que menos deuda tienen -déficit no sé, ha habido sorpresas en el pasado- de Europa. Y están indignados, me contaba, porque Merkel no los deja. Sarkozy sí aplicó un impuesto algo menor de lo pedido por algunas fortunas galas. Claro que sus recursos se mueven como se mueven por "los andurriales del espacio" y la base imponible oficial, digamos, es como el chocolate del loro, de modo que tiene su truco. Pero Merkel ni siquiera deja a las fortunas alemanas pagar más ni aun así y, de hecho, la propuesta fue rechazada por su partido y los socios de su coalición con el apoyo entusiasta de la patronal industrial. O sea que no todos quieren. Lo que decía mi amigo, lo decía preocupado y con razón, es que mal han de andar las cosas para que haya millonarios indignados con unos gobiernos que se niegan, dijo un portavoz , a "hacer su trabajo", que es, digamos, repartir lo suficiente como para que el patio no se ponga tan feo con las crisis como para que el sistema se venga abajo. Y bueno, eso fue lo que pasó tras la II Guerra Mundial. El miedo al comunismo, que llegó hasta Berlín, llegó a tal que fue la derecha europea (Adenauer, De Gasperi, De Gaulle...), y no la izquierda, la que puso en marcha el estado del bienestar, la gran reivindicación socialdemócrata, para evitar conflictos susceptibles de hacer caer a esos países bajo el Telón de Acero. Claro, entonces el capitalismo tenía un exterior, que lo amenazaba y ayudaba a regularse. Y eso hacía que funcionara y que la calidad de vida de las rentas bajas mejorase para desesperación del radicalismo de izquierdas. Hoy no hay exterior. El comunismo real fracasó. Y la paradoja es total: algunos ricos ven tan débiles e impotentes a los correctores internos del sistema (sindicatos, gobiernos, movimientos sociales) que ponen el grito en el cielo: "Oiga, que aquí nadie hace bien su papel, nadie me para a mi los pies, que es lo que yo necesito para seguir siendo quien soy. Párenme los pies ya, hombre". Parece una parodia, pero está pasando.