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REFLEXIÓN

La religión del Estado

Con el mes de julio, tras el dolor vivido durante los primeros meses de la pandemia, nuestro gobierno organizó un funeral de Estado en el patio de la Armería del Palacio Real en Madrid. Se hacía diez días después de que se celebrara un funeral organizado por la Iglesia Católica en La Almudena, también en Madrid. Soy católico y ciudadano de España. Y no hay contradicción en ello y sospecho que quienes organizaron uno y otro evento no pretendían contraponerlos. Pero, ahora que se dialoga sobre el alcance de las medidas sanitarias en las actividades religiosas, cabe preguntarnos sobre la convivencia entre el Estado y las organizaciones religiosas (entidades de la sociedad civil). Lo podemos hacer de la mano del filósofo alemán Jurgen Habermas quien, hace poco, a finales de julio, alcanzaba la veterana edad de 91 años.

Cuando declinaba el siglo anterior, Habermas, como el conjunto del pensamiento europeo, constataba el agotamiento de la dicotomía razón / fe que caracteriza al pensamiento moderno. Aunque personalmente no renuncia a su perspectiva laica, reconoce a las religiones un papel social público. Por supuesto, Habermas teme el dominio de una ideología religiosa que legitime un pensamiento único. Y no sin razón: en nuestro caso, hemos experimentado la pretensión del régimen franquista, que usa a la fe cristiana como discurso legitimador del conflicto del 36 y de su ejercicio del poder con la complicidad de personas y estructuras eclesiales que se sintieron cómodas en ese modelo.

Pero las ideologías totalitarias también se han dado en el ninguneo e incluso la contraposición del hecho religioso. Las dos grandes guerras mundiales, y su intermedio peculiar, nuestra guerra civil, se explican como la confrontación de cosmovisiones políticas monopolizadoras y excluyentes que se afirman desde la razón de la nación, el pueblo o el Estado. Por eso una postmodernidad menos racionalista y más humilde en sus propuestas de sentido ve en las religiones a un protagonista legítimo para dotar a la esfera pública de una esperanza diferente, capaz de ser, además, instancia crítica de cualquier presente. Es ahí donde Habermas encuentra en la fe religiosa algo más que un derecho para la intimidad: un modo de estar en la esfera pública con misión propia y plena carta de ciudadanía pero sin pretensiones de monopolio.'

Mientras vivía en Paraguay tuve la suerte de gozar una campaña electoral a la alcaldía de la capital. Me llamó la atención un candidato al ayuntamiento que invocaba a Dios y a María en sus discursos. En el CEPAG, el centro de Fe y Cultura de los jesuitas en el país, editor de la casi centenaria revista Acción, organizamos un encuentro entre diferentes candidatos en torno al tema: ¿por qué invocar o nombrar a Dios en la actividad política? Todos estuvieron de acuerdo en la sencillez del argumento central esgrimido: "la espiritualidad es importante en mi vida y no mostrarlo sería engañar al electorado". Sin embargo, desde mi tradición y formación europea, aquella proclama religiosa me parecía un uso poco honesto y utilitarista de la fe. Mi retorno a Canarias, años después, me trajo de vuelta a una cultura más secularizada y donde cierta laicidad (no toda la sociedad) se siente incómoda con la presencia de los símbolos religiosos en los espacios públicos. Me parece que, de ese modo, recluyendo la fe en el ámbito de la interioridad, esa laicidad nos facilita el cumplmiento del segundo mandamiento: no usarás el nombre de Dios en vano.

Creo que la separación iglesia - estado, tal y como la denominamos en nuestras sociedades euroamericanas, es uno de los principales hitos del proceso de secularización vivido en occidente. Su origen proviene, precisamente, del derecho a la libertad religiosa, clave de los derechos humanos. Ante los conflictos interreligiosos de la edad moderna, marcados por la máxima "cuius regio eius religio" (la religión del estado es asumida por la ciudadanía) se impulsó un modelo de administración pública que, sin dejar de colaborar con todas las personas de buena voluntad, promueve la libertad religiosa y el respeto mutuo entre las diferentes opciones de sentido. Sin embargo, la reciente laicidad de buena parte de la sociedad, con su propuesta de sentido inmanente (sin referencias a una concepción creatural o divina de nuestra existencia) ha ido introduciendo sus propios rituales en nuestra vida que, en términos zubirianos, pasarían a ser una verdadera "religación". De ese modo, si no cuidamos bien cada detalle y posibilitamos la participación explícita de todas las sensibilidades, un ritual fúnebre laico puede no ser un ritual aconfesional o neutro, sino más bien una propuesta de sentido alternativa, es decir, una propuesta religiosa. Así, la entidad convocante (el Estado) pasa a ocupar un lugar preeminente entre las iglesias.

Muchas religiones viven una dimensión ética que va mucho más allá de un sentimiento religioso íntimo. Para muchas personas, la fe es el fundamento de su compromiso solidario, de su implicación en las instituciones y de su acción política. De ese modo, un Estado que incorporase una liturgia paralela de sentido podría expulsar de su seno a quienes viven lo religioso como fundamento de su vida pública. Sospecho que Jurgen Habermas, hijo de la escuela de Frankfurt, de la filosofía crítica, sonreirá viendo nuestros avatares y discusiones en torno al lugar social de lo religioso: la tensión que se intuye tras el concepto de laicidad positiva probablemente no tiene una respuesta cómoda. Es totalmente lógico al menos en lo que se refiere al polo cristiano de la dimensión religiosa: la fe en el Cristo tiene su entraña en la encarnación de lo divino y aspira a que la creación entera, impulsada por la seducción del amor, camine hacia Dios (único absoluto que relativiza todo). Una fe así nunca podrá sentirse completamente cómoda con ningún modelo de Estado. Por otro lado, también parece lógico que el Estado, que necesita establecer símbolos comunes que promuevan la cohesión social, nunca podrá sentirse totalmente cómodo con una fe que tiene a bien considerar siempre toda estructura y organización social como provisional.

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