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Lamberto Wägner

¿Quien es el último?

Nunca me han gustado las colas, pero en estos tiempos de Corona virus, en que estas se forman en el exterior de los establecimientos, y a la intemperie, menos todavía. Por eso esta mañana, al ir a recoger una notificación a la oficina de Correos de mi barrio, me asombré ante la larguísima hilera formada en el exterior, que doblaba la esquina de la manzana. Pero como había leído a la entrada, bien que en un rótulo más que discreto, que “Los mayores de 65 años tienen prioridad” decidí echar mano de lo que ha venido en llamarse la nueva normalidad, sacándole partido a mi provecta edad, que entra de lleno en la mayoría de los 65 años. Tras observar que en la procesión sólo reconocía tras la mascarilla a un candidato a la senioridad demandada, me acerqué preguntándole si había cumplido los 65. Animado por mi tono dubitativo proclamó halagado que tenía cumplidos los 80. Entonces le expliqué que tanto él como yo teníamos derecho a ser atendidos con absoluta prioridad. Habiendo llevado ya casi tres cuartos de hora de cola bajo un sol de justicia, con casi media hora más en perspectiva hasta alcanzar el mostrador en el interior, no dudó en convertirse en mi aliado. De modo que acompañándome hasta donde lo permitía la separación social reglamentada, fuimos caminando ambos, doblando alegremente toda la larga cola, hasta plantarnos en el interior, por delante de todos los aspirantes. Entre una inesperada algarabía, no se crean. “Cuidado, que se están colando” “¡pero mira tú estos frescos!””¡oiga que yo llevo una hora haciendo cola!”. Pero como el éxito es de los audaces, hicimos oídos sordos al jaleo que habíamos propiciado, poniéndonos delante de todo el personal. Menos uno, el que esperaba su turno inmediato, que nos espetó, ante nuestro argumento esgrimido sobre los privilegios de la edad :”¡Pues sepan que yo tengo 69 años!”. Con esto de las mascarillas es algo difícil evaluar edades, y aún sospechando que iba de farol tampoco me atreví a pedirle el carnet. Nos limitamos, mi cómplice y yo a comentar por lo bajini: “Pues parece que se conserva muy bien”. Como antes de dos minutos nos llamaron a nosotros, lo dejamos correr, y pudimos despachar sin más demora nuestros asuntos.

Por instinto de conservación y ante el arranque de una nueva amistad, abandonamos juntos el local entre abucheos y protestas de la cola que se agitaba amenazante, cual boa dispuesta a devorarnos.

Y a fuer de sincero he de reconocer que tras el aspecto contrito de la pareja que se alejaba del lugar del crimen y tapadas por las omnipresentes mascarillas, se ocultaban dos amplias sonrisas, de oreja a oreja.

De hecho, porqué no reconocer que sacar por una vez insospechado rédito a mi avanzada edad había constituido una experiencia muy reconfortante.

Tanto es así que estoy considerando volver mañana a la administración de correos en hora punta para enviar una carta certificada que acaba de cobrar inesperada urgencia.

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