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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Segunda oportunidad

Ver renacer un bosque de las cenizas, aún con los troncos emanando el olor a madera calcinada pese al tiempo pasado, nos devuelve la idea de que siempre queda la segunda oportunidad. La catástrofe está todavía agazapada bajo el paisaje, latente en los restos negro azabache de ese dinosaurio llameante, con lenguas incandescentes, que en su movimiento enloquecido burla los vuelos rasantes de los hidroaviones. Ya no queda nada del ruido agobiante ni de la humareda, que, igual que un hongo atómico, se instaló en las montañas más altas de la Isla y que fue visible a través de la ventana del avión que regresaba de Edimburgo. Esta parte de la crónica se derrite, cae hasta desaparecer. Este bosque de Tamadaba no se ha dejado vencer: está poblado, desbordado de pequeños pinos que nacen alrededor de los ejemplares dañados por el fuego, pero que también muestran unas ramas de un verde intenso, de estreno, que sepultan la depresión de los días en que el monstruo se revolvía y parecía no tener fin. A este lugar de la Cumbre van jóvenes con sus furgonas a pasar la tarde alrededor de una cafetera, calentada con electricidad, como es obvio, intoxicándose de la vitalidad que vuelve a recorrer los intestinos naturales de este espacio. Una experiencia soñadora, también liberadora, para una época donde el destino que está en el escalón más alto es el de la segunda oportunidad, atraparlo y sentir su roce tras el holocausto de la pandemia. El crac económico se lanza hasta la extenuación a contabilizar los brotes verdes, a medir con parsimonia el tamaño de los mismos, su duración y fragilidad. En el lado opuesto, está este bosque que burla la sequía y que celebra otros brotes verdes. A muchos les gustaría que este renacer se pudiese traducir en algo tangible y hasta pecuniario, más allá de la esencia del triunfo que todos constatamos: una explosión natural, un nuevo ciclo después de una tragedia para la Isla, una señal de la resistencia de un ecosistema, la potencia de la vida biológica, la capacidad de levantarse después de la ruina, el olvido de la desgracia... Estas laderas que combinan la rareza de un negro brillante con un verde fresco, acabado de nacer, encierran un atractivo único: la lección de que hay que levantarse una y otra vez. Y aquí están todos sorbiendo a borbotones, cargándose las pilas, para afrontar una vez más la diabólica travesía que empezó el mes de marzo, indesmayable, pero que será exterminada igual que el bosque en llamas.

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