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Juan Francisco Martín del Castillo

El método de Déborah

Se ha dicho que los grandes hombres acompañan sus días con alguna mascota. Por ejemplo, Kant o Schopenhauer disfrutaban de sus respectivos canes, con los que compartían cariño y experiencias. Por desgracia, no hay noticias ciertas que revelen más allá de lo referido, lo cual, por otra parte, ha sido fuente constante de inspiración literaria y un motivo con el que alimentar la curiosidad sobre la vida de estos gigantes de la filosofía. Bien es verdad que no siempre es un animal el elegido para sobrellevar el devenir cotidiano. Por raro que parezca, la mascota es sustituida por un ser imaginario, como en el caso de El invisible Harvey, una película deliciosa, magníficamente interpretada por James Stewart, o por un amuleto o cualquier otro objeto que lleve sosiego al individuo. De lo que se trata es de atraer orden, paz y orientación a lo que, en un principio, no lo contenía. En el mundo de la psiquiatría, son muchos los ejemplos de tratamiento con pequeños abalorios que alivian la ansiedad inicial, transfiriendo el malestar fuera de la esfera íntima. Es algo similar a la querencia infantil por los muñecos a la hora de conciliar el sueño o cuando se encuentran en una situación alejada de la normalidad. En las guarderías saben de lo que hablo, y hasta en ciertos establecimientos, como en las peluquerías o en las mismas consultas del pediatra, prefieren que el menor agarre fuertemente a su diminuto acompañante de gomaespuma a dejarlo solo y provocar su ira descontrolada. Déborah Álamo o, como era conocida, la “señora de las pelotas” de Las Canteras fallecido hace unos días. Justo este es el momento de recordarla y, como a ella, a tantos otros que llenan el paseo de la playa con su entrañable figura. Solemos olvidar que los espacios abiertos son el destino habitual de las personas especiales, diagnosticadas o no, que hallan en ellos la calma a sus quebrantos psicológicos. Sin embargo, el método de Déborah era diferente. Con el ir y venir de los balones de lado a lado de la avenida, no sólo conseguía ordenar su vida, sino que también cautivaba al resto de los paseantes. El escritor Bryce Echenique, mientras estuvo en la capital para terminar una nueva novela, echaba pestes de estos personajes, pero uno, lejos de compartir este sentimiento, daba las gracias por su existencia, puesto que su particular presencia era sinónimo de que las cosas estaban en orden, igual que amanece al alba. Son varios ya los que se han ido, aunque en el imaginario colectivo quedarán como la estampa viva de un tiempo pasado, como en las cintas de Fellini, que, si por algo son celebradas, es por el culto a lo cercano, a aquello que nos hace humanos. Descanse en paz y mi más sentido pésame a los familiares.

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