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Javier Durán

Reseteando

Javier Durán

Periodista

12 de octubre

En el capítulo de maniobras insondables de la Casa Real, como suspender la presencia de Felipe VI en un acto de pompa judicial en Barcelona, aparece ahora, puesto que se trata de una aparición, el deseo de Juan Carlos I de volver a casa, no con el turrón, sino con la llamada fiesta nacional, o sea con el desfile patrio del 12 de octubre.

El abandono del exilio dorado en un día tan señalado podría ser una ocurrencia de un monarca sumido en la magua, sólo entre su riqueza y necesitado de una sopa caliente con sus nietos alrededor. Cosas de la senectud y de la emoción que le asalta a todo exjefe de Estado al soñar desde el desierto moderno con el zumbido del motor de los aviones militares sobre su cabeza en plena Castellana. Quizás se trate del primer mensaje de una serie con la que el emérito quiere seducir a los juancarlistas desencantados, apenar a los republicanos y rematar su “perdón, no lo volveré a hacer más” de Botsuana. De hecho, el pintor Antonio López, coincidiendo con el supuesto retorno del padre del monarca, afirma que Juan Carlos no se merecía tanto castigo, puesto que se cometen “marranadas” peores que la suya. Lo que ha contenido el aliento es la elección de la fecha para trasladarse en un vuelo regular, dice el despacho de agencia, dado que cualquier otro día no tan cargado de connotaciones hubiese sido mejor. Entre pasar o no desapercibido, el Borbón ha optado por el riesgo de ser descubierto y ser carne de selfie, incluso hasta con el capitán de la aeronave y tripulación. La otra posibilidad era un jet privado de algún amigo, príncipe o jeque, o bien uno de los aviones del Estado o de las Fuerzas Armadas, con lo que ello supone de cara a la escandalera política. Está claro que las respectivas fontanerías de la Casa Real y Moncloa están ante una operación de ingeniería fina, una más para solventar el pasado y el presente del emérito. Una vez acomodado en territorio nacional, tendrá que disolverse entre el indulto a los del procés, las negociaciones del presupuesto y las calamidades de la Covid-19. En la cristalización de la vida, que es el fin, puede que lo despierte algún requerimiento judicial salido de la ultratumba de las sábanas de Corinna, mientras los sabuesos del 78 se cargarán todo lo que en el Parlamento huela a investigación sobre su enriquecimiento, que, según ellos, es rimar con la república. No sé si tendrá tiempo para cambiar la historia, que sólo lo recuerden por matar elefantes y por la rubia que lo ha dejado exhausto. Es su penitencia.

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