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Juan Francisco Martín del Castillo

Los cajones de la abuela

La pandemia ha puesto a prueba a la educación y así, mientras daba un paso hacia adelante en pos de la innovación, también lo hacía hacia atrás, concediendo a la tradición una nueva oportunidad. Un juego, a veces contradictorio, pero siempre dinámico. Este contraste es el que, sin lugar a dudas, rige la práctica de la enseñanza hoy en día, y los docentes lo sabemos, pese a que, desde algunas instancias, se promueva el olvido de lo tradicional en aras de una enloquecida marcha hacía un futuro del que lo único seguro es su incertidumbre.

En las aulas, por ahora de los más pequeños, tanto en Infantil como en Primaria, se han vuelto a ver estampas propias de tiempos pasados, Unos tiempos que ya se creían superados, apenas conocido por las crónicas de los viejos profesores o los recuerdos gráficos de los escasos museos de la enseñanza repartidos por la geografía nacional. En aquellas instantáneas de antaño, los niños guardaban su material bajo el pupitre y, en ocasiones, a los pies del estrado de la docencia. Con el coronavirus, precisamente en esta extraña vuelta a clase, esta imagen ha recobrado su perdido protagonismo. Incluso, según informan padres y compañeros de profesión, desde Cantabria hasta Canarias, las mochilas ya no son tan visibles entre los chicos, despojados de un elemento casi identitario de su personalidad escolar.

De un plumazo, la máquina del tiempo ha retrocedido casi cincuenta años, aunque, desde otra perspectiva, ha liberado a los estudiantes del sobrepeso de una carga que solía acarrear serios problemas de espalda

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El hecho de decretarse en la mayor parte de las autonomías un conjunto de instrucciones para la salvaguarda de la salud y la disciplina social ha provocado que las direcciones de los centros educativos hayan preferido reducir el material que debe portar el alumno al acceder al recinto académico, puesto que el mismo ya se custodiaría en el interior del colegio. De un plumazo, la máquina del tiempo ha retrocedido casi cincuenta años, aunque, desde otra perspectiva, ha liberado a los estudiantes del sobrepeso de una carga que solía acarrear serios problemas de espalda. Ahora, conviven, quién lo iba a decir, las tablets y ordenadores de última generación con los cajones de la abuela, en los que igual se depositaba la talega del desayuno como el cuaderno del añorado dictado.

Curiosa lección de la pandemia que padecemos, en la que la enseñanza hace compartir los adelantos del siglo XXI con los recursos de finales del XIX. Curiosa porque demuestra, por la vía práctica, que es posible y hasta necesaria la convivencia del pasado con el futuro si se quiere de veras salir airoso de este envite sanitario y educativo. Y curiosa también porque vuelve a evidenciar que, en cualquier espacio de aprendizaje, debe gobernar el sentido común. Como ha dejado escrito mi antiguo profesor Emilio Lledó, en referencia a uno de los peores peligros que acecha al mundo contemporáneo, la “domesticación de la necedad” pedagógica ha tocado felizmente fondo y ha tenido que ser una infección mundial la que ha obrado la epifanía.

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