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Antonio Perdomo Betancor

Objetos mentales

Antonio Perdomo Betancor

Memoria democrática

Una memoria, una identidad. Crear una historia particular, de parte, y elevarla a la categoría de derecho positivo, constituye una frivolidad que no pueden permitirse siquiera países donde la frivolidad queda aplanada y libre de los picos obsesivos propios de proyectos y personalismos, y que, por su misma naturaleza de norma, de aceptación amplia, debe conectarse por complicidad y persuasión.

La memoria resulta de una prefijación. No porque la misma carezca de una aproximación más o menos exacta de los fenómenos históricos, sino porque su narración carece criterios de verdad, de refutación y confirmación. La historia no es mathesis sino semiosis. Interpretación. La historia resulta, creo, necesariamente de esa interpretación, sin ella, no existiría eso que llamamos historia, ni narración posible. Los hechos históricos sin interpretación son como el árbol del bosque que cae sin la presencia de un observador. Nunca llegaríamos a saber si el árbol hizo ruido o no. Y si los hechos históricos son interpretables mejor resultará, imagino, una versión débil de la historia que una versión fuerte. En especial en un país tendente al cantonalismo, a los reinos de taifas, poseído de grandes pasiones históricas y lo que ello supone.

En este país se han, de pronto, despertado los viejos fantasmas, ya lo dicen los poetas, y debemos aprender de ellos, el pasado vive feliz bajo la luz de las estrellas

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Conviene una historia de estudiosos, de debate sosegado, de búsqueda, si fuera posible, del mero saber por saber. Dicho desde otra perspectiva, una historia que impone una sanción en un doble sentido, una administrativa sobre el propio peculio, otra por la cancelación del libre pensamiento, sin que la misma siquiera atesore la altura categorial de verdad resulta un contrasentido, por la propia exigencia de la proposición que no puede ser refutada ni confirmada, dije, lo cual nos topamos, pues, con un dogma. Un falso dogma, porque a la historia no le alcanza para gozar de la hechura de ciencia y por tanto viene concernida por la semiología. Pero, en este país se han, de pronto, despertado los viejos fantasmas, ya lo dicen los poetas, y debemos aprender de ellos, el pasado vive feliz bajo la luz de las estrellas. Las normas deben concernir profundamente al bienestar de los ciudadanos, a su educación, con la vista puesta en el futuro.

Con ese proyecto de ley de la memoria democrática, entre otros aspectos importantes, debe procurarse una terapéutica para las heridas producidas y considerar de necesidad la restauración de la justicia donde hubo injusticia, la sociedad debe crecer desde un origen biológicamente inmaduro. Esta perspectiva debe presidir una ley de esa naturaleza, teniendo por método la firme determinación de subsanar lo que toda memoria conlleva, esto es, lagunas, preferencias, obsesiones, elecciones metodológicas, historiográficas, además de las neurosis propias del historiador, tal que el psiquiatra no puede desembarazarse de sus propias psicopatologías cuando entra en la consulta y que, de natural, interfiere en la sanación. Historiadores los hay de muchos tipos, el expresidente Torra, por ejemplo, lleva dentro un historiador de pueblo, con sus grandes palabras malsonantes y xenófobas, con su psicosis, no vamos a negarle que lleva puesta su historia, en cada bar también se alzan las voces de historiadores de vocación frustrada, puede oírseles porque afortunadamente la libertad lo permite, y además porque en todo español vive un historiador.

Obviamente de distinta manera es la historia que procede de los homines academicis, por eso mismo esa diversa interpretación se parece mucho a la libertad. A los que debemos temer son aquellos que con su versión de la historia llevan una pistola, a los que piensan que su versión de la historia son las tablas de la ley, a los que imponen de facto una versión monolítica de la historia, a los que desbordan la historia porque sobrerrepresentan la pasión constructivista de la historia, a los que usan la historia como obuses bélicos para alcanzar el poder o para sostenerse en el poder, a los políticos que piensan que la historia les pertenece, a los que creen que fueron elegidos por la historia. Amigos, permitidme esta licencia, los hechos históricos, los documentos, los códices, los monumentos históricos, la paleogenética, la paleografía, la epigrafía, los métodos y sistemas de la historia, etc. son inofensivos, tal que asteroides aislados flotando en la ingravidez de la nube de Oort, inofensivos hasta tanto una fuerza de gravedad no los empuje en una trayectoria de colisión contra corazón interno del sistema: el hombre.

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