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La Provincia - Diario de Las Palmas

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Alfonso González Jerez

Retiro lo escrito

Alfonso González Jerez

No molesten

Contra lo que difunde la opinión personal, no creo que Santa Cruz de Tenerife pudiera ser un buen plató para películas de zombis. Esta demasiado muerta. Sencillamente no es verosímil: en este camposanto George A. Romero, deprimido, se negaría a rodar cinco minutos. Acabo de pasearla de nuevo y produce algo cercano al pánico. No es únicamente lo que no pasa en las calles, es lo que no ocurre en las casas, muchas de ellas con las ventanas cerradas a cal y canto. Una ciudad de agorafóbicos. Y para cierta clase media – o debilitada o extinta, salvo la de origen funcionarial – su propia ciudad dormitorio regida por un espléndido concepto de ocio: comer en un guachinche del norte, pasear por La Laguna y tomar churros, pasear por Candelaria y tomar helados. En las plazas no hay nadie desde los sábados por la tarde. Los perros pasean con la cabeza gacha, como si estuviera a punto de caer un pedrisco. Los niños juegan a jugar. Solo puede detectarse cierta actividad en la avenida Anaga, donde cuerpos muy poco aerodinámicos caminan a trote cochinero hacia el infarto, una nueva paradoja chicharrera, porque en su inmensa mayoría los turistas dominicales acaban la mañana o la tarde jincándose una hamburguera o en una acogedora arepera. No hay otro signo de vida más o menos humana, En los barrios parpadean las luces de algunos bares como naves espaciales moteadas de cagaditas de mosca y alejándose hacia los extremos de la galaxia. Un pibe sale de un edificio abandonado con una papela de caballo. Se oye la tos desgarradora de una vecina vieja a través de las persianas. Sopla el viento y sobre las aceras sucias – la ciudad cada vez está más guarra – caen ardientes goterones de lluvia de verano. Un gato sarnoso maúlla más de cansancio que de hambre. Es la madrugada del domingo y la ciudad huye de sí misma en cada esquina cubierta de chicles escupidos hace meses.

Santa Cruz de Tenerife no es la puñetera sede de nada importante: de nada que pueda aportar a la ciudad dignidad, orgullo y capital simbólico y que la ciudad, al mismo tiempo, pueda enriquecer. Hace poco recordaba en esta columneja que durante varios años, allá por los noventa, fue una de las sedes de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, una oportunidad que se dejó pasar miserablemente como tantas otras. Una capital resignada a su interminable decadencia, alérgica a las ambiciones y a su transformación, incapaz de reconocerse social y culturalmente en los espejos institucionales. Una podría pensar que, después de un año en la oposición, José Manuel Bermúdez y su equipo hubieran tomado nota, en especial, con el espectáculo de un gobierno municipal que llegó al poder sin un proyecto definido de ciudad y una batería de reformas claras. No ha sido así y lo que tenemos, de nuevo, es el bermudismo, es decir, un paréntesis entre un pasado que no se asume – ni siquiera en los éxitos – como propio y un futuro que resulta absolutamente indiferente. Un presente amasado una y otra vez con carnavales, promociones, obritas, contratación de cuatro policías, qué bonitas las Fiestas de Mayo, vamos a baldear todo el barrio de La Salud, precarnavales, el alcalde arregla una farola en El Sobradillo, veinte nuevas tumbonas en Las Teresitas, poscarnavales y el cartel de 2021. Mucho cuidado con plantear algo de carácter estratégico en movilidad, políticas sociales, industrias culturales o turismo. El bermudismo es también un enorme cartel sobre la muy noble e invicta Santa Cruz de Tenerife, solo derrotada por sí misma: “No molesten”.

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