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Alfonso González Jerez

En la lucha final (y 2)

Noemí Santana se abstuvo de presentarse de nuevo como coordinadora general de Podemos Canarias por dos motivos. Primero, porque así lo había comunicado previamente a sus compañeros y sostenía, quizás, que un único mandato era suficiente. Pero sobre todo Santana no se presentó para no alimentar la candidatura de Meri Pita, que intuía inevitable y que juzgaba (con razón) básicamente destructiva. Pita fue la responsable – desde la sombra, pero sin demasiados disimulos – de las maniobras que estuvieron a punto de impedir la presentación de la candidatura de Podemos al Parlamento de Canarias. La canallada casi consigue que Podemos no contase con representación parlamentaria en mayo de 2019. Y para estupefacción de muchos dentro y fuera de la organización la dirección nacional no abrió una investigación cabal que se les antojaba imprescindible. No solo eso: Pita continuaba en el Consejo Político Estatal, aunque en junio no se le incluyo en el Consejo de Coordinación Estatal, el núcleo duro del cogollo del partido morado.

Apartándose de la carrera, Santana, cada vez más absorbida por sus responsabilidades al frente de la Consejería de Derechos Sociales, evitaba que Pita lanzara acusaciones del cesarismo derivado de concentrar poder político y poder orgánico. No ha servido de nada para aplacarla. Y como argumento político cojea un poco desde el momento en que la candidata de los noemistas, Laura Fuentes, es directora general de Juventud del Gobierno autonómico, es decir, forma parte del equipo de Santana en la Consejería de Derechos Sociales. De ser elegida por militancia y simpatizantes estaría jerárquicamente en una posición subordinada respecto a su antecesora como coordinadora general. Que la máxima dirigente de una organización política sea directora general no se antoja ni muy congruente ni demasiado operativo. Pero si Noemí Santana quiere a una de sus directoras generales como su lideresa preferible es, precisamente, porque se fía de poquísimos compañeros fuera de la Consejería que consiguió pese a los muy mediocres resultados electorales de Podemos en los comicios autonómicos del pasado año. Las necesidades aritméticas de una mayoría parlamentaria alrededor del PSOE y Ángel Víctor Torres hicieron el milagro de los panes, las moquetas y los peces.

En realidad Pita ha jugado a lo predecible: frente a una plancha de instalados en el Gobierno regional y en la Cámara ha diseñado una alternativa de compañeros mayoritariamente en la oposición y que viven o simulan vivir en la añoranza del Podemos inicial e iniciático, destinado a cambiar las cosas sin dilaciones, a ser instrumento vivo del pueblo unido que jamás será vencido y a asaltar los cielos, no a estampillar expedientes siempre insuficientes o defender gangosas proposiciones no de ley. Pita, en definitiva, gestiona con incansable malicia la decepción que todo partido de izquierdas (pequeño o grande) ve crecer en su interior cuando le toca lidiar con la puñetera realidad y actuar en un marco institucional. Pero su estratagema es peligrosa y, de llevarla empecinadamente hasta el final, como sin duda pretende la exsindicalista, conducirá inevitablemente o a socavar la estabilidad del Gobierno del cuatripartito en pocos meses o a dañar la cohesión interna de Podemos Canarias en un contexto de crisis económica galopante y creciente alarma social.

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