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Alfonso González Jerez

Un legado que sigue esperando

Han pasado ya diez años desde la muerte de Adán Martín y tal vez sea hora de hablar de algunas indiscreciones. Porque un observador ajeno a la política canaria podría preguntarse, al leer las doloridas necrológicas de entonces y los nostálgicos recuerdos de ahora, por qué un dirigente político tan altamente estimado por amplios sectores sociales y, sobre todo, por los militantes y cuadros de su propio partido solo completó un mandato presidencial. Porque Martín –por supuesto –quería seguir. Desafortunadamente Paulino Rivero creyó que su hora de gloria y púrpura había llegado y como presidente de CC tejió una amplia red de apoyos – particularmente en Fuerteventura y Lanzarote –para desactivar la repetición del candidato. Por supuesto Martín pudo enfrentársele, pero Rivero aclaró tajantemente que llegaría hasta el final en el envite y quien sufriría de verdad –en ese caso -- sería Coalición Canaria. Y el todavía jefe de Gobierno cedió. Adán Martín se retiró para no someter a su organización a presiones que amenazaban con su implosión. Prefirió pensar –como siempre –en el futuro. Cuatro años más en el poder significaba regresar a la vida civil con sesenta y tantos. Cuatro años más significaba, tal vez, la necesidad de soportar a José Manuel Soria, una perspectiva espeluznante. Al fin y al cabo tal vez no fuera mala idea dejar la actividad política y reinventarse profesionalmente. Pero tres años después el cáncer reapareció.

Desde un punto de vista político lo peor, con todo, no fue la frustración de un segundo mandato, sino la renuncia casi explícita que su sucesor evidenció sobre la mayoría de sus concepciones y estrategias. El Eje Interinsular de Transportes no se desarrolló cabalmente. Casi todas las iniciativas y programas para la modernización económica, empresarial y social de las islas a fin de que, sin perder las rentas del trato diferencial a Canarias que blindaba el artículo 299.2 del Tratado de Amsterdam, pudiera encontrar un modelo de desarrollo más diversificado y estable, más sostenible e inteligente, fueron congeladas. Paulino Rivero, ciertamente, debió enfrentarse con una atroz recesión económica a partir de 2008 que convirtió su primer mandato en una máquina de recortes brutales impuestos por Bruselas y Madrid. Pero ni siquiera como objetivos discretamente pospuestos o como filosofía política asumió el legado de su predecesor. Cuando falleció Martín el presidente del Gobierno canario comentó que estaba a punto de hacerle una propuesta de trabajo “muy bonita e interesante que le hubiera encantado”. Rivero ya llevaba más de tres años en el cargo y mucho antes una amnesia singularmente localizada le llevó a olvidar la decisión del partido de respaldar a Martín como presidente de Cajacanarias.

Y sin embargo Adán Martín, como experiencia política y generador de ideas, como ejemplo de responsable público curtido en la Transición pero decididamente contemporáneo, merece una revisitación que ya está tardando como vacuna para una tentación populista que crepita a izquierda y derecha y como advertencia de que un nacionalismo en el siglo XXI no puede aspirar a un Estado propio, sino a mejorar con sus propias fuerzas el estado de los ciudadanos – su bienestar físico, profesional, laboral, cultural – en un espacio institucional de derechos y libertades. Todas las lecciones políticas de un político que jamás dio lecciones son definitivamente antipopulistas, un verdadero combate contra la simplonería propagandística: el rigor en el análisis, la planificación a largo plazo sobre programas evaluables, la búsqueda de consensos democráticos, la profesionalidad en la gestión. Una década después ese legado sigue esperando.

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