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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Crecen los enemigos

No es lo mismo colocar la bandera de España en el balcón, llevarla de adorno en la mascarilla o de pulsera, que ondearla en la calle, por la ventana del coche o desde una moto con el himno nacional a toda pastilla.

Los exhibicionistas del enfado patrio identitario, nada serenos, demuestran que están en pie de guerra contra un arsenal de enemigos que no existe o que se lo han inventado ellos, con el daño que provoca al hígado. Frente a la algarada de los fascistas de correaje y brillantina en Madrid, aquí hubo impetuosos aislados que se dedicaron el 12-O a recorrer las vías centrales de la ciudad dando bocinazos y simbolizando su adhesión al caldo de cultivo del todo vale contra la izquierda. A medida que se acerca la moción de censura inútil pero tóxica de Vox irá in crescendo la atmósfera de que existe una amenaza contra Felipe VI, que el secesionismo catalán se comera a España; que el llamado régimen del 78 con su Constitución hace aguas; que Bildu ha logrado desarticular el frente penal contra los etarras; que el indulto a los independentistas es casi un hecho; que Sánchez e Iglesias trabajan intensamente por el control de CGPJ; que Podemos pretende convertir este país en una república bolivariana y que el dinero depositado en los bancos corre peligro... Podríamos seguir enumerando más y más causas apocalípticas que, como ha sucedido en otros momentos, sólo pretenden crear un clima de tensión como antesala a un cambio de gobierno. El apoyo del PP a estas teorías del caos no es nuevo. Siempre es un recurso que le viene bien a la hora de tapar sus propias vergüenzas, ya sea la del dislate de su presidenta de Madrid Díaz Ayuso en la gestión de la pandemia, o la de la policía patriótica que montó su exministro Díaz Fernández, verdadero torpedo contra la división de poderes que convierte en chocolate del loro el affaire de Pablo Iglesias con la tarjetita del móvil de su asistenta. No se lo ocurra protestar contra el que le pasa airado la bandera nacional por delante de su nariz, le tirará a la cara el pack entero de la España que se descompone. Lo peor de todo es que los que tienen la bandera en franca consideración, que aman a su país, pueden ser tomados ahora como activos militantes de este facherío por el simple hecho de utilizarla como pin de solapa. Mientras, los que se quedan al margen no son otra cosa que antipatriotas, por utilizar el calificativo más blando. Lo más espectacular es que la búsqueda de enemigos se hace interminable, pero poco se tiene en cuenta que el más real de todos es la pandemia.

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