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Recuerden las semanas del confinamiento. El aire se purificó: una mano de cristal te sostenía la garganta. Se escuchaban el ligero baile de las ramas de los árboles y las conservaciones enervantes de los pájaros. Te despertaba del ensimismamiento el ruido de tus propios pasos a lo largo de las calles desiertas. Si tuviste la suerte de acercarte a una playa en los días postreros del encierro no podrás olvidar como la vida interpretaba libremente su propia música. Los peces chismorreaban de pura tranquilidad en la misma orilla, y unos pocos metros más adentro, los apartabas como plateadas cortinas, y los cangrejos se retiraban de las rocas con una parsimoniosa lentitud que nadie había visto desde la época de Beneharo. El azul del cielo se tornó tan intenso que parecías haber caído en un cuadro de Tiziano. Después salimos con la ilusión de recuperar la vida sin haberla visto de veras: la que se curaba de nosotros, sin nosotros, allá fuera.

El ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria ha decidido, como el de Santa Cruz de Tenerife, suspender los carnavales el próximo año. Quizás se celebren en otoño. Me pregunto si la desaparición (temporal) de los carnavales no puede contribuir a una desintoxicación cívica en beneficio de la fiesta misma. La suspensión de la fiesta es una noticia tan irritante como inevitable por razones de salud pública en medio de una pandemia que, muy probablemente, se prolongará durante el próximo año. Me refiero a la insoportable y mangoneadora institucionalización de los carnavales por las administraciones públicas. Porque las carnestolendas de Santa Cruz y de Las Palmas no son, desde hace mucho tiempo, una fiesta inequívocamente popular. En la capital tinerfeña, durante varias décadas, el carnaval (el disfraz, el baile, el bacilón, la burla y el empedusamiento) se practicaba contra el poder político y los aparatos administrativos. O al margen de los mismos. Han sido las administraciones municipales los que han construido el carnaval contemporáneo, con sus ritos, sus liturgias, sus agentes, sus premios y sus olvidos. Astutamente ambos ayuntamientos mantendrán las subvenciones –disfrazadas de contratos de patrocinio – a murgas, rondallas, comparsas y agrupaciones carnavaleras y que cada año se elevan, en cada municipio, a cientos de miles de euros. La excusa del gasto, según los concejales, estriba en que los grupos dinamizan económicamente las ciudades. No es así, por supuesto. Son los ayuntamientos los que dinamizan económicamente a los grupos, porque, si no hubiera perras, los carnavaleros más patrióticos no podrían permitirse salir. Más o menos por los mismos motivos se cede un edificio rehabilitado y calificado BIC como sede de una murga. Y aun debemos agradecérselo a los murgueros: si no estuvieran allí, probablemente, no lo hubieran rehabilitado maldita cosa.

Los carnavales han sido amasados –como una complaciente masa madre – para un consumo ordenado y estandarizado de la demasía. Han cuajado, después de muchos dineros, fotografías y reglamentos, a imagen y semejanza del poder. No, no somos nosotros: son ellos, los que financian el cotarro con nuestros impuestos y los ingresos publicitarios. Los alcaldes se coronan a sí mismos cuando coronan a las reinas del carnaval. Ha prosperado tanto el montaje que ha podido alimentar del relato más idiota y farsante: la base de nuestra identidad colectiva como santacruceros es el carnaval. Me pregunto qué pensarían al respecto Domingo Pérez Minik o su zapatero si les sueltan esa sandez en 1970. Se reirían a carcajadas. Te conozco, mascarita. Eres un pollaboba.

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