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Daniel Capó

El éxito

En deporte, la gloria de la escuadra española resulta indisociable de la cultura de la Transición. Tal vez se trate de un paralelismo forzado, si se quiere, pero no inexacto. Al menos, no del todo. Después de las seis copas de Europa ganadas por el Real Madrid, el fútbol español despegó en los 90, primero con el dominio del balón que demostró Cruyff en el Barça; luego, quince años más tarde, con la mejor generación de futbolistas que haya dado nuestro país y con un estilo de juego –el famoso tiquitaca– que era la envidia internacional. En ciclismo –de los cinco tours seguidos de Indurain a la agresividad de Contador–, los 90 supusieron la culminación de aquella primera década de ciclistas –Perico Delgado, Ángel Arroyo– que se abrieron a Europa y empezaron a tratar de tú a tú al resto del pelotón. En baloncesto, la generación de los hermanos Gasol y “la Bomba” Navarro tiene tanto que ver con Fernando Martín y los San Epifanio como con la llegada televisiva de la NBA –aquellas inolvidables retransmisiones de Ramón Trecet– y con el prestigio cinematográfico de la cultura norteamericana. Los pioneros ya habían quedado atrás y el éxito de los juegos olímpicos permitió normalizar el deporte nacional. Llegaban mejores técnicos, se profesionalizaban las canteras, se perdía el miedo a competir, se internacionalizaban los torneos… La aplicación de la Ley Bosman que, al principio, se leyó en clave antinacional incrementó la competencia, favoreciendo así a las naciones con ligas más potentes. El juego, en definitiva, salió ganando y también la autoestima. De hecho, uno de los éxitos de la Transición fue sellar el ingreso en Europa y normalizar nuestro país. El éxito del deporte era también el de nuestras empresas (Telefónica, Ferrovial, Repsol, Inditex, Sol Meliá, Barceló…) que de campeones nacionales se convertían en actores internacionales; el de nuestra clase política (Solana al frente de la OTAN, Samaranch presidiendo el COI, por ejemplo) o el de nuestra literatura y nuestro cine. La Transición posibilitó todo esto y haríamos mal en olvidar sus frutos, por mucho que ahora nos empeñemos en ver sólo los males que la aquejan.

Rafa Nadal conoció el triunfo en 2005, cuando todavía era un adolescente y España celebraba el cenit de sus éxitos internacionales. No fue el primero, sino la consecuencia de décadas de buen trabajo tenístico: una tradición que cuenta entre sus pioneros a Santana, Gimeno y Orantes, pero que desplegó todo su potencial en las generaciones previas de Pepe Higueras y los Sánchez Vicario, de Sergi Bruguera y Àlex Corretja, de Carlos Moyá y Juan Carlos Ferrero. Repentinamente, de esa tierra fértil surgió el meteorito mallorquín: una mezcla inusual de portentosas cualidades naturales, dureza mental y perseverancia. Nadal pasará a la historia como el mejor deportista español de todos los tiempos, sin competencia posible. Y lo hará en un contexto que no era fácil, porque la superioridad de su juego siempre encontró rivales a su altura: Federer y Djokovic. No hay gloria sin épica y no hay épica sin posibilidad real de derrota. Los tres han marcado una época que definirá la historia del tenis durante décadas.

Pero todo ello –el éxito deportivo, político y empresarial– fue posible porque, en un momento dado, se tomaron las decisiones correctas; la libertad y la modernización se unió a la exigencia. Y nada nos dice que ahora, en tiempos de crisis, no podamos volver a hacerlo.

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