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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Rajoy en su enredadera

Una sentencia condenatoria siempre suele tener un párrafo aislado, que leído 10, 15 o 20 veces por el condenado, da lugar a una sensación de sosiego que desvanece el efecto demoledor que provoca el mazo del juez sobre la mesa. Se trata de agarrarse a un clavo ardiendo. En cambio, hay psiquiatras que hablan de la construcción de una elucubración mental frente a la adversidad, no aceptar la realidad y coger por un camino rodeado de plantas aromáticas cuando la única posibilidad es sortear un enjambre de flores carnívoras.

Rajoy, dada la sentencia del Supremo en el caso Gürtel, ha decidido frente a cualquier lógica calificarla de “reparación moral”, y transformar en su aparato neurológico la acusación de que se trataba de “una estructura de colaboración estable, consistente en la prestación de múltiples y continuos servicios (...) a través de mecanismos de manipulación de la contratación pública”. Desalojado por la moción de censura de Sánchez, que utilizó como basamento la condena previa de la Audiencia Nacional, el expresidente rompe su silencio para esgrimir que el fallo de TS demuesta “la manipulación” de la iniciativa del socialista.

La tesis de Mariano, que es también la del partido, es enredarnos con tecnicismos (el partido sólo participó a título lucrativo o se han pasado con la caja b), pero zigzagueando lo trascendental: “Un eficaz sistema de corrupcion” con tratos de favor, sobornos, facturas falsas y un entramado de sociedades dedicadas a un amplio catálogo de perversiones fiscales. Si un expresidente (por cierto, pendiente de Kitchen) asegura que esta sentencia es una “reparación moral”, que nos explique dónde está el taller mecánico para llevar el coche, porque seguro que hacen virguerías.

Mezclar el fallo del alto tribunal con la moción que acabó con Rajoy mirando el poso de un etiqueta negra no deja de ser una balandronada. ¿Se es o no se es corrupto? Lo demás son argumentarios para confundir. El fallo de la Gürtel, por mucho que digan los afectados, destapa sin vaselina un modelo de comportamiento adherido a un partido que se beneficiaba (o sea que ponía la mano) a título lucrativo, es decir, que nunca se preocupó por preguntar al legendario Bárcenas por lo que apuntaba en su contabilidad b. El expresidente, lejos de dedicarse a excavar en su ruina política personal, debería reflexionar sobre esta época, como debería hacerlo Aznar, dado que algunos de los corruptos compartieron etapas, como quedó demostrado en la imágenes de la boda imperial de la hija del de la Faes en tono escurialense.

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