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Marrero Henríquez

El narrador del antifaz

El narrador abre su ordenador. Está en una cafetería, en la terraza, al aire libre, frente al mar; no han venido a atenderlo, todavía no han tomado nota del café y el agua que desea pedir y no tiene más remedio que seguir con la mascarilla puesta. El narrador, para entretenerse mientras espera por el camarero, piensa que, con esa mascarilla, no es un simple narrador, sino el narrador del antifaz, o mejor, el embozado forzoso.

El narrador cree que a él, en tanto embozado forzoso, le sucede lo mismo que a Batman, al Zorro, a Spiderman, a Dan Defensor, al Capitán América, a Superman y a todos esos héroes del cómic, que tapan su cara para ocultar su identidad y así poder salvaguardar su vida privada de su agitada vida pública. No obstante, ha de reconocer que la comparación es forzada y que, a pesar de las similitudes, hay diferencias insalvables entre esos intrépidos personajes y el humilde y sencillo embozado forzoso.

Los héroes del cómic son famosísimos y sus espectaculares proezas, que requieren de poderes físicos y mentales extraordinarios, admiran a todos los pueblos del planeta y ocupan un lugar preferente en las cadenas de televisión más importantes del mundo y en las páginas internacionales de los periódicos de mayor difusión. El embozado forzoso es cuasi anónimo y la escritura de sus peripecias está lejos de requerir cualidades inusitadas; un simple ordenador, unas manos medianamente ágiles y una mente despierta son suficiente. Las aventuras del embozado forzoso, encarnadas en breves tirajalas periodísticas, están lejos de ocupar el frontispicio que las gestas de los héroes enmascarados ocupan en el New York Times, El País y Le Monde y de aparecer en los titulares de las noticias de la Fox, la CNN y la BBC.

A pesar de la distancia que media entre el embozado forzoso y Batman y sus compinches, el narrador piensa que no por su humana sencillez lo que sucede al embozado forzoso es de menor rango que las aventuras de esas figuras de antifaz, porque si se las mira con lupa, detrás del oropel de las espectaculares hazañas de los héroes del cómic, tanto Batman como Superman, Spiderman como el Capitán América se revelan como atolondradas ovejitas y dóciles sirvientes del orden establecido, ultraconservadores, machistas y hasta neoliberales extremos, incapaces de ofrecer soluciones inteligentes a las injusticias del universo, como seres que con sus grandiosas acciones sólo restablecen una y otra vez las cosas a la casilla de salida, a la de los buenos y los malos, lo blanco y lo negro, o conmigo o contra mí, nosotros y ellos, los indios y los vaqueros.

Eso piensa el narrador, que todavía es el embozado forzoso porque no se ha podido quitar la mascarilla, pues no han venido a tomar nota del café y el agua que desea pedir. Por eso, en justa reivindicación de su personaje, el narrador escribe en su ordenador que el embozado forzoso es infinitamente superior a todos esos héroes de pacotilla, cuyos hechos, barrocamente adornados de los súper-efectos de las súper-producciones hollywoodienses, son en verdad aburridos, repetitivos, tediosos y previsibles, y cuya moral es tanto o más casposa que la del miserable Torrente. También por eso el narrador escribe que cuando el embozado forzoso ve que alguien está a punto de ahogarse en la playa, justo enfrente de él, en lugar de aprovecharse del anonimato que le confiere el embozo para lanzarse al agua y actuar como se espera que actúe un superhéroe, se quita la mascarilla y, sin pensárselo dos veces, se dispone a degustar el café y el agua que le acaban de servir mientras respira aliviado y observa cómo los muchachos de la Cruz Roja hacen su trabajo.

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