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Myriam Z. Albéniz

Novatadas a prueba de coronavirus

En la Universidad de Salamanca acaban de iniciar los trámites para expulsar de manera cautelar a setenta y cinco estudiantes del Grado de Estadística por su convocatoria de una barra libre sustitutiva de las novatadas. Debido a este acto tan imprudente, a partir de ahora será preciso seguir las clases de forma virtual hasta que culmine el rastreo y se obtengan los resultados de las PCR. Si se considera que las conductas de estos jóvenes han constituido infracciones contra la salud pública, la institución académica trasladará la información a las autoridades sanitarias para la imposición de las sanciones correspondientes, desde 100 euros en los casos más leves hasta 600.000 en los más graves.

Y es que, coincidiendo con el comienzo del nuevo curso académico, la sempiterna tradición de las novatadas da el pistoletazo de salida en Universidades y residencias estudiantiles. Estas actividades aparentemente inocentes esconden en ocasiones una amplia gama de excesos cuyas víctimas son alumnos que acaban de incorporarse a las aulas. Idénticos atropellos se reproducen curso tras curso por toda la geografía española y a veces provocan en los afectados serias lesiones físicas y psicológicas. Debido a sus desagradables consecuencias, las novatadas se prohíben en algunas instituciones. Sin embargo, en otras muchas siguen considerándose una vía de integración (desintegración, a mi juicio) de los recién aterrizados. Hasta la llegada de la actual pandemia de coronavirus, estas prácticas aberrantes eran más difíciles de controlar, puesto que los denominados “veteranos” habían trasladado a las calles el ámbito de su comisión para evitar así las sanciones que, desde las respectivas sedes educativas, están obligados a imponerles. Estoy hablando de comportamientos que implican humillación, acoso y falta de respeto, generadores de un sufrimiento innecesario que, por regla general, es silencioso y soterrado. Con independencia de su intensidad, se establece como rasgo común el dominio de la voluntad de unas personas sobre otras, condición que choca frontalmente con una idea sana de las relaciones interpersonales y, por supuesto, de la diversión.

Como muestra, me limitaré a referir algunos ejemplos ilustrativos que, aunque cueste creer, no son ni un invento ni una exageración: introducir un embudo por la boca y derramar bebidas alcohólicas a chorro, usar las manos y la lengua como cenicero, comer alpiste y alimentos para perros y gatos, soportar duchas de agua fría (desnudos o vestidos, juntos o por separado) como antesala de una noche entera a la intemperie, lavarse los dientes con la escobilla del baño, lamer el suelo o ser dianas de chanzas de contenido sexual, todo ello con el trasfondo de un ambiente bullanguero y chulesco. Estamos hablando de chicas y chicos en permanente vigilia y a disposición de los bravucones de turno, apenas dos años mayores que ellos, que les requieren para servicios tales como compra de libros, encargos de fotocopias, toma de apuntes o, simplemente, suministro de bocadillos y hielo, aunque sean las tres de la mañana. Así de “gracioso”. Así de delictivo.

El Tribunal Supremo ya ha dictaminado que la realización de novatadas puede ser considerada como delito, así como las conductas que puedan producir sentimientos de terror, angustia e inferioridad susceptibles de humillar, envilecer y quebrantar, en su caso, la resistencia física y moral. Y el mismísimo artículo 10 de la Constitución Española dice textualmente que “la dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la Ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social”.

No debemos cerrar los ojos ante situaciones de este tipo, aunque no nos afecten de un modo directo. Desconozco si la inclinación a los abusos está o no en nuestro ADN pero, de lo que no me cabe la menor duda, es de que el sostenimiento de una sociedad digna y justa es tarea de todos los que formamos parte de ella. Sin excepción.

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