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Juan Cruz Ruiz

Juan Cruz Ruiz

Periodista

Dentro de todo No hay un orgulloso Sí

En Madrid ha ocurrido un terremoto ensordecido por una estupidez. La reacción de Isabel Ayuso y el gobierno comunitario que preside, en su escalada verbal y luego peligrosa contra las leyes sanitarias que han sido imponiéndose en el resto de España ¡y en el resto del mundo!, han amparado con su ruido raro, como de ultratumba, declaraciones y gestos que no parecen ni modernos ni adecuados.

La presidenta ha sido llevaba por los suyos, con el presidente Casado como principal responsable, a una confrontación que ha saltado las fronteras no porque en esas reacciones suyas habite la razón, sino porque ha sido tan forzado todo lo que ha hecho o ha dicho que ha entrado en el ámbito folklórico de lo increíble.

Mientras eso ha ocurrido, la capital y sus satélites urbanos o rurales viven por encima de los límites aconsejados para soportar una pandemia. Como es natural, tribus mediáticas y políticas observan el asunto con regocijo, pues estos dimes y diretes peligrosos perjudican al Gobierno de la nación, al que quieren apear. También hay políticos, singularmente del Partido Popular al que pertenece Ayuso, que consideran que es mejor, para hacer oposición, que haya terremoto a que impere un poco de sosiego.

Todo ello produce vergüenza ajena, según escucho o leo y, modestia parte, por lo que mi fuero interno me va diciendo a mí mismo como ciudadano que vive con perplejidad cualquier clase de insulto o estupidez. No escribo desde la rabia o la inquina, lo juro, escribo desde el hartazgo y la vergüenza.

Decía que ha ocurrido en Madrid un terremoto ensordecido por la estupidez. La estupidez es la de la presidenta, en su gestión aleatoria y arriesgada de la pandemia, pero el terremoto sordo que ha pasado tiene que ver con la destrucción del homenaje que el ayuntamiento de la ciudad había dedicado, años atrás, también en épocas de gobiernos del PP, a Francisco Largo Caballero, líder socialista en la República y, luego, solidario con el futuro de su país hasta el punto de apoyar a Don Juan de Borbón en la busca común de un arreglo para que la dictadura de Franco no ahondara en sus venganzas. Pues ahora, en tiempos de la alianza PP-Ciudadanos-Vox, el ayuntamiento de la ciudad que resistió hasta el último suspiro republicano ha decidido borrar el vestigio honroso de aquel héroe socialista al que los reaccionarios que mandan en Madrid, y sus corifeos desvergonzados, han decidido que no es digno Largo Caballero de estar presente en el homenaje callejero.

No hay razón alguna para haberlo hecho, pero lo han hecho, con alevosía y, otra vez, con ese regocijo que tiene dentro la venganza que encierra esa expresión que no se dice pero que late en todo exabrupto de esta clase: “Se van a joder”. Así es, este país hizo un trabajo civil de reconstrucción del ánimo nacional, abrazó la bandera de quienes ganaron la guerra, tejió reconciliaciones extraordinarias tras la continuación de la guerra que fue el franquismo, y entre los gestos que llenaron de razonable orgullo a los herederos de unos y de otros, restituyeron buena memoria de aquellos que fueron vencidos en una guerra espantosa que, además, fue entre compatriotas.

Pues, “se van a joder”, como aquel que dice, y provistos de la piqueta irracional del odio han ido picando la piedra que constituía el nombre de Largo Caballero, como si éste hubiera sido, eso han dicho, un asesino de masas y de hermanos. Historiadores de todas partes han venido en auxilio de su memoria, en un intento sin éxito de atraer a la razón a ediles inconscientes de lo que significan las heridas para vengarse. Y todo eso ocurre en medio del ruido y la furia que vive la ciudad más castigada por la incertidumbre o la herida constante de la pandemia.

Como si no hubiera cosas que hacer, la Comunidad de Madrid y el ayuntamiento que es, además, capital de España, han decidido optar por la vieja parafernalia que habita dentro de cualquier griterío. Marcados por los deseos reaccionarios de Vox, Madrid ahora ya no resiste bayonetas o bombas, sino estupideces, y me da tanta pena escribirlo que siento que lo que escribo es sobre algo que no está ocurriendo. Pero ocurre, vaya que sí ocurre, y lo peor es que ya está ocurriendo sin que nadie se ponga a gritar, porque hasta el grito, aquel exabrupto dibujado por Munch, está ahogado por el espanto.

En medio de ese dibujo de estupor, algunas noticias buenas se abren paso, y en este caso vienen de Canarias, mi tierra, donde nací y de donde soy a todas horas, hasta cuando sueño, o sobre todo cuando sueño. La comunidad autónoma en uno de cuyos pueblos nací, el Puerto de la Cruz, ha sido significada por su trabajo sordo, eficaz, humilde, y al fin prestigioso, contra el virus. Lo dicen los responsables nacionales de la lucha sanitaria, lo reconocen los ciudadanos, lo dicen en el Parlamento (lo dijo Ana Oramas, lo dijeron otros) y, como es natural, ese regocijo que se siente cuando algo de lo que es propio como ese razonable orgullo de que vengan buenas noticias de su propia tierra se metió en mi interior, en mi alma, como un razonable motivo para sentir orgullo. De los sanitarios, de los políticos que se han puesto de acuerdo, de los que de una manera u otra han contribuido a hacer de la lucha contra el desastre un momento al sentido común y un baluarte denodado contra el dolor.

Dentro de todo Sí hay un pequeño No, como nos decía don Emilio Lledó en sus clases laguneras. Pues dentro de todo el No que es, por desgracia, la gestión madrileña de la situación, y en medio del estupor causado por venganza contra Largo Caballero y, con ello, contra la memoria de la República, he aquí que Canarias aporta un Sí que reluce más que el sol, que diría mi madre, confiada siempre al optimismo como factor que, con perdón, jode hasta la rabia a los agoreros del mal.

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