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Antón Costas

Observatorio

Antón Costas

Invirtamos en ‘capital natural’

Las reglas que está publicando la Comisión Europea para orientar la utilización de los fondos del Programa de Recuperación y Resiliencia son tremendamente minuciosas. Me temo que el miedo a que los gobiernos los utilicen mal va a tener como contrapartida una burocracia comunitaria rígida a la hora de evaluar los proyectos nacionales. Dentro de esa minuciosidad hay un aspecto que me ha llamado la atención. Es la definición que hace la Comisión de los tipos de inversión a la que han de orientar los fondos los gobiernos. Habla de tres tipos. Las dos primeras son más o menos convencionales, la tercera es novedosa.

El primer tipo de inversión contemplado es en capital fijo. Es decir, en inversiones en infraestructuras, pero no solo las tangibles sino también intangibles: investigación, desarrollo e innovación (I+D+i), patentes o programas informáticos. Aquí no hay novedad. El impacto de este tipo de inversiones en el crecimiento y la competitividad de las empresas y de los países está bien documentado en la investigación de los economistas. Nosotros estamos relativamente bien en dotación de infraestructuras tangibles, pero somos débiles en los activos intangibles.

El análisis económico de las últimas décadas ha olvidado la importancia del territorio y de la prosperidad de las comunidades locales tanto para el crecimiento inclusivo como en el buen funcionamiento de las democracias liberales

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El segundo tipo son las inversiones en capital humano. Es una recomendación reiterada por los economistas. La novedad es que la Comisión contempla no solo las inversiones en formación y capacitación profesional, sino también en salud pública y sanidad. Es un acierto. Aunque los economistas tienen dificultades para identificar en sus modelos una relación fuerte entre inversión en salud y crecimiento, la evidencia microeconómica e histórica así lo sugiere. Una población sana es más productiva e innovadora.

El tercer tipo de inversiones sugeridas por la Comisión es en capital natural. Aunque pueda parecer lógico, es una recomendación novedosa. Los documentos de la Comisión definen este tipo de inversión como aquellas “medidas destinadas a aumentar la participación de los recursos naturales renovables, a proteger y restaurar el medio ambiente y a mitigar y adaptarse al cambio climático”. Esta recomendación por inversiones en capital natural pone a los territorios y a las comunidades locales en el centro del proceso de reconstrucción pospandémica.

A la espera de ver cómo se articula esta recomendación en los programas nacionales, la importancia para el crecimiento del capital natural de las comunidades locales es una llamada de atención a los economistas. El análisis económico de las últimas décadas ha olvidado la importancia del territorio y de la prosperidad de las comunidades locales tanto para el crecimiento inclusivo como en el buen funcionamiento de las democracias liberales. Obsesionados con la eficiencia (el aumento de las tasas de PIB), los economistas y los responsables de la política económica olvidaron que sin equidad social y territorial el crecimiento no es sostenible y la democracia descarrila.

Afortunadamente, la prosperidad de las comunidades territoriales está recobrando el interés de los economistas. Hace dos años leí un artículo del prestigioso economista de Harvard y secretario del Tesoro con Bill Clinton, Lawrence Summers, cuyo título llamó mi atención. Era algo así como Lo que aprendí acerca de mi país en los viajes de este verano. Contaba Summers cómo viajar con su mujer en coche desde Boston a California le permitió ver lo que no había observado en sus modelos macroeconómicos: el deterioro del bienestar y la destrucción de los estilos de vida de las comunidades provocado por la deslocalización industrial y la globalización. Eran esas comunidades locales las que habían votado masivamente a Donald Trump.

Otro prestigioso economista, en este caso de la liberal escuela de economía de la Universidad de Chicago y expresidente del Banco Central de la India, Raghuram Rajan, ha publicado un libro con el explícito título de The Third Pillar. How markets and the state leave Community behind. Sostiene la misma tesis: el olvido de la prosperidad territorial es la mejor explicación del éxito de Trump. Como también para explicar el brexit.

Sin tiempo aún cuando escribo para conocer el contenido del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia que acaba de presentar el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, una lectura a vista de pájaro permite ver que la primera de las diez “políticas palanca de reforma estructural para un crecimiento sostenible e inclusivo” es la “agenda urbana y rural y la lucha contra la despoblación”. Tiempo habrá para analizarlo. Lo que ahora quiero destacar es que si queremos tener un crecimiento sostenible e inclusivo y estabilidad político-institucional tenemos que invertir en el “capital natural” de nuestras comunidades territoriales.

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