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Juan Francisco Martín del Castillo

Preguntas indiscretas

Hoy me he levantado con la noticia de que el municipio de Santa Brígida es la zona de Canarias con la renta per cápita más alta y, acto seguido, me he enterado de que 23.000 pollitos han muerto tristemente abandonados en el aeropuerto de Barajas. En ambos casos, se produce una curiosa evidencia. En el primero, una demostración palmaria, aunque para muchos todavía ignorada. En el segundo, otra demostración de cuán extraña es la realidad, al menos si la observamos con los ojos del sentido común. La demostración inicial es que la renta satauteña es inversamente proporcional a la ideología. No hay mayor cantidad de pijoprogres en el Archipiélago que en aquel rincón de Gran Canaria, concluyéndose que el dinero hace buenas migas tanto con el falsario progresismo como con la hipocresía. Esta última es indisociable del fenómeno progre, sea en las Islas, sea en el conjunto planetario.

Cómo es posible que se cuenten con un grado de exactitud que asombra los pollitos muertos en la zona franca del principal aeródromo madrileño, mientras todavía no se sabe el número de fallecidos por la Covid-19

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Por otra parte, no debe extrañar que el metro cuadrado de Santa Brígida esté saturado por los hijos de la corrección política. Más bien, al contrario: la misma existencia de la elevada renta explica que esa visión de la realidad, si bien deformada, se extienda como el aceite. No hay mejor forma de proyectar en el mundo una ideología que saberse a salvo de cualquier mal. Con un whisky en la mano, contemplando el paisaje eterno del Jardín Botánico, a la sombra del Bentayga y con el riñón bien puesto, las cosas de la vida se ven de otra manera. La segunda demostración es tan palmaria como la anterior, pero indigna e inquieta a partes iguales. Sigo preguntándome cómo es posible que se cuente con un grado de exactitud que asombra los pollitos muertos en la zona franca del principal aeródromo madrileño, mientras todavía no se sabe el número de fallecidos por la Covid-19 en España. Algo falla en este país, por no decir una cosa aún peor. Está más que claro que, cuando no se quiere, las cosas dejan de funcionar. Imagínense a un contador de pollos con un dispositivo similar a los que suelen emplear las azafatas en los aviones para controlar el pasaje y, enseguida, la confusión vendrá a nosotros. Si el buen funcionario llegó hasta 23.000, por qué no se ha utilizado un mecanismo semejante para documentar los muertos por la infección vírica. Al final, hemos de volver al lenguaje de los niños y el de las preguntas indiscretas. ¿Por qué se sabe que los ricos se concentran en un determinado lugar y, por contra, se ignora el número de decesos de un país? ¿Quién y cómo hace las cuentas? Y la más importante, la más infantil de todas, pero también la más inquietante. ¿Los muertos que no aparecen en las listas oficiales están realmente muertos? Así funciona el recuento del pequeño de la casa que, en ciertos aspectos, recuerda a la ingenuidad del genio. ¿O, acaso, habrá que ser un Einstein para encontrar a los muertos del virus en un país que se visualiza desde la atalaya de un pueblo medianero con la mayor tasa de ricachones y pijoprogres en sus calles? Con un whisky en la mano y el Bentayga al fondo, el mal queda muy lejos, tan lejos que ni siquiera parece existir, como los muertos por el coronavirus.

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