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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Insomnio

Algunos de mis sufridos lectores me suelen reprochar que en mi columna casi nunca trate temas de rabiosa actualidad, y muy concretamente que no opine sobre los alarmantes vaivenes de la política nacional. Y el otro día al replicarle a uno de mis seguidores más críticos que bastante tinta se vierte ya sobre tal berenjenal, me reconvino indignado: ”¿pero bueno, es que acaso la política a ti no te quita el sueño?”. Pues querido amigo, te voy a contestar.

Al haber vivido en España desde mi más tierna infancia, con desplazamientos periódicos a mi Suecia natal, me he gozado todos los avatares políticos de este país desde los tiempos de la dictadura (cuando España sólo ostentaba tal calificativo fuera de ella) hasta nuestros días. Y he de confesar con cierto rubor que debido a mis circunstancias familiares y mi situación desahogada, con una educación cosmopolita en el Liceo Francés de Barcelona, no me he visto nunca en confrontaciones con las autoridades oficiales, ni puedo presumir por tanto de haber tenido que correr delante de los grises. Me he ido acomodando a la situación política, aprovechándome de las mejoras en la calidad de vida del desarrollismo y progresos materiales del régimen, ingenuamente despreocupado de su lado más oscuro. Por supuesto que no me pude sustraer al clima de euforia e ilusión vivido en la milagrosa transición a un estado democrático, con la laboriosa reconciliación y el encaje de bolillos de los pactos de la Moncloa. Como también me fui amoldando a la alternancia de los dos partidos hegemónicos, sobrellevando sus recurrentes episodios de trapisondas y corrupciones. Y claro que tampoco permanecí inmune a las normales crisis en tiempos turbulentos, tanto las locales como las internacionales, hasta con un angustioso conato de golpe de estado doméstico por medio. Pero crisis asumidas siempre desde cierta tranquilidad al mantenerse sin futuro el partido comunista, presente en el hemiciclo, pero al fin y al cabo testimonial y alejado siempre del poder, menguante asimismo en la escena internacional merced a las catastróficas consecuencias y a los millones de muertos de su fallida ideología.

Hasta hoy.

Sí, he de confesar que por primera vez me quitó el sueño la política el día en que un candidato con careta socialista, tras ganar unas elecciones con un programa donde negaba el pan y la sal a un partido de comunistas populistas, anunciaba ipso facto una coalición de gobierno con ese mismo partido. Y los acontecimientos derivados de dicha conchabanza tampoco es que me faciliten un sueño sin sobresaltos: contemplamos un escenario donde todo un presidente de gobierno es rehén de su coaligado y de unos partidos manifiestamente enemigos del bien general de la nación, chantajeando en pro de sus intereses separatistas a un estado condenado a pasar permanentemente por caja. Y todo ello padeciendo una pandemia letal, y teniendo que soportar un relato oficial maquillado y triunfalista a contrapelo de la desastrosa situación real. Y no sólo presumiendo de unos logros inexistentes, sino alardeando encima de una superioridad moral por unas ideas supuestamente progresistas que la tozuda realidad se empeña en desmontar una y otra vez.

¡Pues naturalmente que me quita el sueño la situación política actual!

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