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Jorge J. Fernández Sangrador

‘Mudlarking’

Mudlarking es el título de un libro de Lara Maiklem que el sello editorial Bloomsbury le ha publicado este año. No es el primero que se escribe sobre el asunto principal de la obra, pero el hecho de que la autora tenga cuentas en Instagram, Facebook y Twitter le ha dado la notoriedad que las redes sociales otorgan a quien sabe desenvolverse en ellas.

Y la publicidad, naturalmente, que le han dado los periódicos: “Enchanting” (Sunday Times), “Delightful” (Daily Mail), “Fascinating” (Guardian), “Book of the Week” (BBC Radio 4), “Book of the Year” (Observer y Daily Express).

Existen ocupaciones, o hobbies, o como se les quiera llamar, de los británicos, que han adquirido, con el paso del tiempo y el desarrollo de la actividad, una singular aura de distinción intelectual y literaria. Y en el caso de que se diesen en otros países, no han logrado revestirse del vistoso ropaje con el que se visibilizan las del Reino Unido. Es el caso de los mudlarks.

Mudlarks son los buscadores de desechos aún aprovechables en el fango de los ríos y de los puertos fluviales o marítimos. En el período victoriano eran personas pobres, a menudo niños, que rastreaban el Támesis para ver lo que podían recuperar con el fin de venderlo y conseguir unas monedas.

Sin embargo, hoy es una actividad controlada por el Museo de Londres y la Oficina que registra los hallazgos arqueológicos de particulares (The Portable Antiquities Scheme). Los mudlarks han de tener licencia para realizar sus búsquedas en el río y deben informar a las autoridades de lo que hayan encontrado, si es que tiene más de 300 años. Pueden quedarse con ello en usufructo, sabiendo que no es un bien de su propiedad sino del Reino.

Lara Maiklem ha dedicado casi 20 años de su vida a rastrear las orillas del Támesis a la caza de antigüedades y de objetos curiosos. Es asombroso lo que la gente ha tirado al río a lo largo de la historia. En la actualidad debe de haber entre mil y dos mil personas acreditadas ante la Autoridad Portuaria de Londres para ejercer de mudlarks.

En el libro, Lara describe sus hallazgos y cómo dio con ellos: tapón de ánfora romana; losetas medievales; fragmentos de mosaico y de hipocausto romanos; peine, cuentas, dedal y aguja del siglo XVI; utensilios mesolíticos; fósiles; granates del Támesis; jarra Belarmino; alfileres, alcancías, pipas y monedas de diferentes épocas; horquillas y piezas de juego romanas; juguetes. Y muchas otras cosas de períodos comprendidos entre el de la ocupación romana y el de la reina Victoria.

Hace poco encontró el que ella tiene por el descubrimiento más importante de su carrera como mudlark: la insignia de un peregrino de la Edad Media, con la imagen de san Osmund de Salisbury. Debió de haber llegado al río hace 600 años, calcula Lara. Por lo visto aparecen muchos objetos que pertenecieron a devotos que iban o venían de los santuarios más concurridos. No sólo en los ríos, sino también en los campos.

Y uno se pregunta: en ese inmenso flujo de viandantes que han transitado por el Camino de Santiago desde la Edad Media, ¿cómo es posible que no se conserven sus pertenencias? Ni peines, ni escarapelas, ni calzas, ni borceguíes, ni guantes, ni sandalias, ni rosarios, ni medallas, ni tahalíes, ni tecas, ni escudillas, ni sartenes, ni muñecos, ni maravedíes, ni cuchillos, ni cinturones, ni gorros, ni broches, ni anillos, ni candiles.

Miles y miles y miles de personas han recorrido ese Camino, o Caminos, ¡sin que se les haya caído al suelo o extraviado nada de lo que llevaban encima! Se ve que solo los ingleses, galeses y escoceses iban por ahí perdiendo cosas, y esto únicamente en los condados de las islas británicas, porque alguno tuvo que venir también, ciertamente, a Santiago de Compostela.

En las ruinas de las históricas ciudades de Siria, por poner otro ejemplo y establecer una comparación, basta remover con la punta del zapato una piedra para que salgan a la luz monedas o asas de jarras. Y los cascotes de cerámica son innumerables por doquier. Eran sitios por los que pasaban soldados y mercaderes, que dejaron, en los objetos que allí permanecieron enterrados, vestigios de su presencia. Pues en el Camino de Santiago, no.

Tal vez, con la celebración del Año Santo Compostelano, que está ya a las puertas, haya ocasión de conducir trabajos de prospección en torno a los antiguos hospitales y albergues del Camino, y en los parajes por los que han transitado los peregrinos durante siglos, y podamos, así, formarnos una idea más precisa y completa de quiénes eran, de dónde provenían y de cuál era su mundo, el de todos y cada uno en particular, y, si nos fuese dado averiguarlo, desvelar la íntima moción que los impelió a salir de su casa y del círculo de los suyos para ir a postrarse a los pies del apóstol Santiago.

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