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Juan José Millás

A la intemperie

Juan José Millás

Volver a casa

Vi la mano de un viejo apoyada sobre la barra del bar, a tan solo unos centímetros de mi cuerpo. Se notaba que era una mano antigua por la presencia de esas manchas oscuras provocadas, creo, por un exceso de melanina, pero la antigüedad se percibía también en la textura de la piel, ya algo curtida, como si la hubieran secado al sol. Las venas dibujaban sobre el envés el mapa de un país pretérito y los dedos, aunque en buen estado, presentaban ligerísimas deformaciones, solo visibles a una mirada muy atenta, en las articulaciones centrales. ¿Artrosis, artritis? Nunca he sabido muy bien la diferencia. La mano permanecía quieta, como si fuera de madera, de modo que invitaba a la observación atenta de sus características. ¿Quién no disfruta de una lección casual de anatomía?

En esto, la mano se movió y advertí al instante que la había movido yo, por lo que deduje que era mía. Me causó una extrañeza sin límites saberme su dueño, más aún que haberla contemplado como ajena. Algún circuito eléctrico, pensé, debía de haberse interrumpido momentáneamente para que eso sucediera, como cuando la luz, en casa, baja de intensidad unas décimas de segundo y enseguida regresa a su estado habitual. Mi mano izquierda. La dejé apoyada donde estaba mientras tomaba la taza de café con la derecha para llevármela a los labios. Y continué observándola. Llevaba 74 años pegada al extremo de mi brazo sin haber sufrido ningún accidente grave, ninguna amputación. Conservaba todos sus dedos, en perfecto estado de uso, y las uñas, que en su día fueron garras, crecían al ritmo de siempre. De joven, me las mordía en clase de Matemáticas o Lengua, pero ahora me las cortaba y las limaba de acuerdo con una ortodoxia aprendida de mis mayores.

Decidí alzarla y se alzó, decidí cerrarla y se cerró, decidí masajearme los párpados con el puño y los masajeó con suavidad, pues conocía perfectamente la fragilidad de los ojos, aunque también su plasticidad. Pagué la consumición con la mano derecha y luego, metiendo las dos en los bolsillos, les dije:

- Volvamos a casa.

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