Suscríbete BLACK WEEK

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Ángel Tristán Pimienta

Apuntes

Ángel Tristán Pimienta

Periodista

De ahora mismo depende el futuro

Cada generación que nos ha antecedido vivió una gran tragedia; cualquier relato familiar es una suma de desgracias, eslabones de una interminable cadena. Esa es la Historia. Mi abuelo Fernando Tristán vivió la emigración en Buenos Aires, a donde llegó escapado el seminario de La Laguna; ya en el Archipiélago, soportó las secuelas de la hambruna y la Primera Guerra Mundial. Mi padre, Ángel, fue hecho preso a los pocos días de la sublevación militar del 18 de julio de 1936. Militante socialista, pasó siete años en los campos de concentración de La Isleta, Guanarteme, Gando, y finalmente en la prisión de Barraco Seco.

Su hermano, mi querido tío Nano (Fernando) en cambio marchó voluntario a luchar en el bando franquista con 18 años. Lo dieron por muerto en Artesa del Segre, en una balacera de trincheras, pero a pesar del certificado de defunción… cuando lo fueron a enterrar vieron que aún respiraba. Murió definitivamente en 1988. Nuestros padres tenían una obsesión: que sus hijos y nietos no vivieran jamás una guerra. Por eso fue posible la Transición. Recuerdo las palabras en ese sentido de Carrillo y Pasionaria en las Cortes constituyentes. Que eran las mismas que las de mi padre y mi tío.

Dos bandos, una misma España. Sabían que estaban poniendo los cimientos para que la generación que apenas había comenzado a trabajar, y sus nietos y bisnietos… murieran en un país democrático, tolerante y en paz. Solo la extrema derecha y la izquierda dogmática e igualmente radical consideraron aquello un mero descanso entre batallas. Hoy, sin embargo, y aunque muchos se nieguen a que se les note el miedo, o al menos la preocupación, hay temor a volver a las andadas. Porque los viejos demonios familiares de Europa, y los de España, en la parte que nos toca, han vuelto como zombis a iniciar un baile macabro.

El nacionalismo y la extrema derecha son como un sarpullido altamente contagioso. La demagogia y el odio han soltado amarras de nuevo al socaire de las crisis económicas o del mal gobierno, o de las malformaciones democráticas a las que no se ha erradicado con firmeza. Por ejemplo, esa tentación de subordinar el interés general al económico, que mutatis mutandis ha hecho que el estado social enunciado en el artículo I de la Constitución Española, haya devenido al menos parcialmente en justo lo contrario: en antisocial.

Los primeros recortes, las famosas reformas estructurales, han sido directamente una lanza al corazón, o al hígado, del Estado de Bienestar: la sanidad pública, la educación pública, la vivienda de promoción pública y asequible, las becas para la igualdad de oportunidades...

La miopía y la incompetencia de los demócratas es el mejor caldo de cultivo para los populismos. Es un excelente abono para los extremismos. Y un acelerante para el incendio social.

Esta generación o generaciones que han empezado nuestro relevo, tengamos la edad que tengamos, pero por encima de los cincuenta y tantos, tiene sobrados motivos para la indignación, para el temor no al mañana sino al hoy por la tarde, para la desconfianza…

Pero en medio del desastre y de la catástrofe cotidiana hay, empero, algún rayo de luz que se cuela entre las grietas del derrumbe de las ilusiones. Por fin, por ejemplo, Pablo Casado ha dado un acertado golpe de timón para alejarse a toda vela de la extrema derecha de VOX. Santiago Abascal tuvo la osadía de autoinculparse como franquista furioso e irredento. Era el franquismo contra el gobierno legítimo. Decir que el clan franquista de 1940, en pleno festival de tiros en la nuca y de paredones y cadáveres abandonados en cunetas, y los sucesivos equipos de Franco eran los mejores de los últimos 80 años… fue como caer triunfante… en un precipicio.

El gesto más significativo es siempre un hecho. El presidente del PP ha marcado un antes y un después. Ahora solo falta que también el PSOE neutralice el activismo de extrema izquierda de sus socios podemitas, y el radicalismo de algunos elementos propios mentalmente criogenizados en la épica juvenil de la lucha clandestina para que sea posible un entendimiento interpartidario en tiempos de crisis, cosa común en la UE. Presupuestos, renovación de instituciones…

Y en medio, la pandemia.

Es un buen momento para reponer el interés general que consagra la Constitución en su sitio, del que nunca debió arrancarse engaño a engaño. Se llame estado de alarma, toque de queda, o repique de campanas ninguna decisión de emergencia con consecuencia de muertes o secuelas debe quedar al albur de políticos tontos o tontas que descubren embobados los aplausos facilones del casticismo nacionalista, o de jueces excéntricos que quieren pasar a la historia con arabescos friki-argumentales. Céntrense, caballeros y caballeras de cualquier color y pelaje. Nos va la democracia en ello.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats