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Juan Cruz Ruiz

Testigo de calle

Juan Cruz Ruiz

Periodista

Miguel de Unamuno y la infinita sombra del fascismo

La mañana del último miércoles amaneció frío en Madrid, como si fuera febrero o una guerra. Además, en la televisión amaneció la moción de censura que Vox, la ultraderecha española que utiliza sin pudor el irrespetuoso lenguaje fascista, presentaba al Gobierno de la nación. En el hemiciclo hablaba un próximo de Santiago Abascal, el líder máximo de los 52 diputados que constituyen su grupo parlamente. El diputado sustituto hablaba de esta época como si estuviéramos en un agujero negro de la dictadura. De manera sucesiva, fue desgranando todas las falencias de la coalición de izquierdas que gobierna el país, e incurrió varias veces en la tentación de decir que ahora estamos gobernados por una dictadura. Los argumentos del diputado que proponía la moción de censura serían luego magnificados, como verdades absolutas, por el líder que se proponía a sí mismo para ser elegido, a la vista de la emergencia nacional, presidente del gobierno de España. No llegué a ver y escuchar esta intervención del aspirante, ni siquiera pude acabar de escuchar a su telonero. Como otros periodistas tenía un compromiso que no podía eludir, y me fui de casa.

Me fui con una congoja que me dura desde hace tiempo y que esa mañana se acentuó como un aguijón en la mente. Los que vivimos la posguerra, con su olor de naftalina y de banderas, podemos hablar del franquismo con conocimiento de causa. Incluso los que se beneficiaron de aquel régimen podrían corroborar hoy que aquella fue una dictadura, cuya crueldad descendió a los mínimos detalles. Con la excusa del patriotismo, se apropió de España como una finca, empobreció el país y lo puso a disposición de un dictador y de su familia hasta extremos que igualarían los atrevimientos del Trujillo dominicano. En la escala que había tras su estela hubo mandos que conocimos, por ejemplo en Canarias, por sus nombres, sus apellidos y sus acciones, pues la dictadura no era tan solo un nombre propio, el de Franco; franquistas eran, hasta la médula espinal, alcaldes, jefes de centuria, periodistas, policías…, y todos reproducían, a su placer, los modos de los altos mandos. Aquella guerra terrible no fue tan solo una contienda entre hermanos, porque además es mentira que se consideraran hermanos los contendientes. Fue puramente una guerra entre españoles que, en un momento muy primitivo de la contienda, decidieron comportarse como enemigos de sangre. Lo que los unía era la guerra, puramente, y los modos distintos de concebir la obediencia a sus jefes. En el caso de los vencedores, los gritos y las consignas, basados en el amor a la patria y en el desprecio a los que no sentían la patria como ellos, se prolongaría hasta el fin de Franco. Que no ha sido el fin del franquismo. El fin del franquismo está lejos, y en ese debate de la moción de censura en el que naufragó Abascal se comprobó que los herederos de su lenguaje despectivo, burlón, siguen creyendo que la patria son palabras y banderas, y no salud, libertad o escuela.

Con esas melancolías en la memoria salí de casa, pues, y me dispuse a asistir a un estreno de cine, secreto hasta que se pudiera contar la película que íbamos a ver. La película se estrenó este viernes en la Seminci de Valladolid, y por tanto se levantó el mismo día el secreto que pendía sobre su contenido. Fue exhibida para un grupo de periodistas el miércoles a las once de la mañana en el cine Paz de la calle Fuencarral. Hasta el nombre del local parecía aludir a la cinta que íbamos a ver. Paz en la guerra, como el inmortal título de don Miguel. Rodada y exhibida en blanco y negro, no es tan solo un largometraje que revela las sospechas sobre la verdadera causa de la muerte del entonces ya ex rector de Salamanca, sino que resucita, palabra por palabra, el largo drama que precedió a la muerte del filósofo. Ese lenguaje tiene que ver con el diccionario fascista que lo atormentó, después de sus primeras equivocaciones acerca del destino final que iba a tener aquel movimiento que propició las crueldades avivadas por personajes tan oscuros como Millán Astray. Antes y después del famoso encontronazo del legionario y el filósofo en el Día de la Raza ocurrido en el Paraninfo de la universidad de Salamanca, el militar más llamativo entre los secuaces de Franco usó el martillo de su desprecio para convertir a Unamuno en un enemigo de la Patria. Antes y después de esa discusión desigual, entre la libertad y la muerte, todo lo que dijo o hizo don Miguel fue manipulado por el fascismo. Según las tesis a las que han llegado las investigaciones de Menchón y de su equipo, esa persecución alcanzó su punto culminante la tarde del 31 de diciembre de 1936, con el (probable) asesinato de Miguel de Unamuno. Fue encargado a Bartolomé Grande, un falangista que fue de Huelva, donde ya había ensayado la persecución de maestros, a Salamanca, ya como catedrático subido a los cielos académicos por el impulso del militar que gritó en el Paraninfo salmantino su desprecio a los intelectuales y el sintagma más famoso de la lucha legionaria: “¡Viva la Muerte!” Al parecer, aquel secuaz de Millán Astray consiguió entrar en la casa de Unamuno cuando éste se hallaba menos resguardado y ahí desató el complicado engranaje del posible asesinato. Cuando don Miguel muere, este personaje de patriotismo avivado por el fascismo y por el lenguaje de hielo de la Falange salió gritando “¡yo no he sido!”

Cuando salí del cine Madrid estaba helado. En mi ánimo estaban las palabras que había escuchado al principio de la ahora decaída moción de censura, y estaban también, como la decoración triste del pasado, las imágenes terribles de la guerra de palabras que luego fueron palabras de sangre hasta el último día y mucho más allá de 1936.

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