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Lamberto Wägner

Tropezones

Lamberto Wägner

Confinamientos

Entre los que mejor parecen haber llevado el obligado confinamiento por el Covid 19 figura sin duda el maestro de la interpretación musical Daniel Bareinbom, según confesaba en una entrevista:”..para mí ha sido una bendición. Yo me levantaba por la mañana y me ponía a es- tudiar [las sonatas de Beethoven]. Todo el día. Temo decirlo porque sé que ha habido gente que ha sufrido. Pero ha sido así en mi caso”.

Por buscar alguien en mi entorno más cercano, M.T. autor de 43 libros, mayormente sobre filología hispánica, coincide bastante con el anterior entrevistado, cuando se sincera:”.. me da un poco de vergüenza, pero la verdad es que nunca he sido más productivo [la biología en la toponimia de Canarias] ni he tenido más libertad para escribir que durante el paréntesis del confinamiento..”. En ambos casos es obvio que la pasión por la propia disciplina se ha visto recompensada merced a una situación de liberación de servidumbres conyugales, profe- sionales o en el caso de mi amigo abueleras, estas últimas tan gratas como agotadoras al ser ejercidas por el interesado con el mismo entusiasmo que pone en su creación.

Por extrapolar sobre cómo afrontar confinamientos más extremos, he querido ver de qué manera se puede encarar por ejemplo un confinamiento como el de Nelson Mandela que llegó a prolongarse casi 27 años. Y lo curioso es que como veterano boxeador, Mandela recurrió también a su trayectoria profesional, imponiéndose una disciplina de ejercicios, no intelectuales, sino en su caso físicos, que según sus propias declaraciones, le ayudaron a sobrevivir a su cautiverio. En sus propias palabras:”...en la cárcel, disponer de una válvula de escape era absolutamente esencial”.

Ya sé que tras estos ejemplos mi modesta experiencia del arresto domiciliario impuesto por la pandemia no podrá constituir sino un decepcionante anticlimax, pero tal vez pueda ilustrar la experiencia más pedestre del común de los mortales. Como supongo que algunos de nosotros, tenía yo en la recámara cierto número de libros, para cuya lectura nunca parecía disponer de tiempo y cuya consiguiente mala conciencia solía acallar con el mantra:”..ya los leeré el día que caiga enfermo y haya de guardar cama”. Pues al disponer de improviso de tiempo, y encima en unas favorables condiciones de confinamiento, con acceso a jardín y horizontes marinos, sí despaché unos cuantos tomos. Dos de ellos, y no puedo ocultar cierto orgullo de misión cumplida, sobre un apasionante personaje de la Roma imperial, de más de 600 páginas cada entrega.

Pero he de confesar que la actividad que opté por desarrollar, con la misma dedicación si cabe, que los que me preceden en este artículo, fue la de limpiar las buhardillas de mi hogar, tanto las físicas como las mentales. Entre libros desactualizados, revistas arrumbadas, legajos de conflictos con la Administración, enciclopedias superseidas por las nuevas versiones digitales, discos y películas excomulgados y souvenirs tan variados como rancios, el punto limpio más próximo se engulló no menos de 80 kgs. de vida en conserva

Me quedó eso sí cierta sensación, extrañamente refrescante, de haber ajustado cuentas con el pasado, largando un pesado lastre, unas veces grato y otras amargo, pero vacunándome en cierto modo contra la nostalgia, para encarar “ex novo” un inquietante futuro postpandémico.

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