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A Canarias llegan personas de muy diferentes lugares, pero, para resumir, podemos establecer dos grandes grupos. Uno lo compondrían los que vienen con ánimo de pasar unos días, a veces meses, y disfrutar del paisaje y del clima. Por el otro, se encuentran los que acuden a una llamada y su objetivo es que las Islas se conviertan en una plataforma, breve si es posible, para alcanzar el corazón de Europa, donde hallarían el paraíso del que el primer grupo huye al encuentro del descanso insular. Es curiosa esta dinámica de la necesidad porque lo que unos buscan es lo que otros desean dejar atrás, aunque sea por una simple semana. Está claro que el grupo inicial es el que fomenta el turismo, tan claro como que el restante está compuesto de individuos que abandonan su realidad por el anhelo de un mundo mejor. Nicole pertenece a la primera opción y se siente particularmente orgullosa de volver a Gran Canaria, su isla, cuando tiene oportunidad. El virus chino y la señora Merkel hasta ahora se lo habían impedido, pero, al bajar la tasa de incidencia epidémica, la mandataria ha abierto el corredor turístico hacia el archipiélago. Nicole no es sólo un nombre y una nacionalidad. Es también una apuesta y un vínculo entre dos sociedades. De pequeña, pasaba las vacaciones familiares en la capital y, poco a poco, fue creando un lazo invisible de emociones, experiencias y recuerdos que, con cada nueva visita, se hacía más grande. Nicole es alemana, pero no olvida que parte importante de su vida la liga indisolublemente a Gran Canaria. Esta sensación es más habitual de lo que parece, y no solamente entre los germanos, puesto que se da entre nórdicos y hasta británicos. Lo que hace especial a Nicole es una circunstancia muy personal, algo que apela a la emoción y el sentimiento. Perdió una pierna en un accidente de tráfico, según creo, y esto modificó muchas cosas, tanto en el carácter como en la visión misma de la realidad. Pero lo que no cambió fue su amor por la isla en la que ha pasado los mejores años de la adolescencia. A mi modo de ver, ella es tan canaria como los nacidos en estas peñas o, por mejor decir, mucho más que cualquiera de nosotros. Ella ha hecho de Canarias la patria de elección, una nación de sentimientos a flor de piel. Miren, si no. En uno de sus viajes, me la encontré en el Paseo de Las Canteras y, con gran esfuerzo que viví como propio, me habló en español y me preguntó si la recordaba. Sólo quería eso, que la situara en un tiempo muy querido para ella. Claro que sí, respondí. Y pronuncié su nombre. Al instante, cayó una lágrima al suelo. Este es el turismo que uno desea cruzarse por nuestras calles. Y este también es el grupo humano que Canarias necesita para desarrollarse como sociedad y, por supuesto, su economía. El segundo grupo no siente como suya ninguna de nuestras islas, las entiende como un medio, un recurso para llegar más lejos y prosperar. Para ellos, los canarios no formamos parte de esa nación sentimental que tanta alegría le da a Nicole, ni siquiera lo pretenden. Aunque el esfuerzo sea titánico para ofrecerles unas mínimas condiciones de alojamiento y devolverles la perdida dignidad, su objetivo no está aquí. Me congratulo de la acogida a estos refugiados del Tercer Mundo, incluso me enorgullezco de que algunos empresarios isleños brinden sus instalaciones hoteleras para ayudar ante la escasez de locales en los que albergar a estos seres humanos, pero me pregunto qué grupo de visitantes queremos, si el primero, el de Nicole, o el segundo. Muchos canarios tenemos una respuesta clara, si bien no estoy seguro de la que puedan ofrecer los políticos, especialmente, los que ostentan responsabilidades en el gobierno de España. Canarias es esencialmente solidaria, profundamente humana y decididamente cosmopolita, y el trato que reciben los inmigrantes así lo atestigua, pero, a este paso, se convertirá en otra cosa. Nicole siempre volverá porque esta es su tierra, mientras que cualquier refugiado no la sentirá jamás como suya. Ella no pide más que cariño y simpatía, lo mismo que el inmigrante que llega desesperado a nuestras costas. Y, sin embargo, son tan diferentes en aspiraciones como en el resultado final de su estancia. Yo prefiero el paraíso que se dibuja en los ojos de Nicole antes que la infernal Lampedusa que se anticipa en las miradas desde Madrid. Y ustedes, ¿qué prefieren?

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