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Desirée González Concepción

Mi viejo reloj

Tengo un reloj de pared en mi cocina que ya no funciona, marca siempre la misma hora y eso me gusta. Por supuesto todo el que llega a mi casa me ofrece soluciones diversas: llévalo a arreglar, tíralo que tiene muchos años, compra uno más moderno…pero nada de eso me convence.

Hoy en mi cocina el tiempo no existe, mi viejo reloj marca justo las dos y diez, la hora de comer y comemos sin prisas.

Intento hacer memoria y pienso que hace mucho que no escucho la frase ¿qué hora es?

Todos, móvil en mano, sabemos perfectamente el minuto que vivimos aunque no lo disfrutemos. Tampoco invertimos tiempo en preguntar ¿por favor, me podría decir cómo puedo llegar a la calle Triana? El Google Maps nos lleva de inmediato con muy pocas posibilidades de extraviarnos. Personalmente me encantaba cuando iba de viaje preguntar una y otra vez por una dirección, perderme varias veces hasta encontrarla y en el camino poder contactar con diferentes tipos de personas: amables, cascarrabias, empáticas… algunas de ellas que incluso se aventuraban a opinar sobre el restaurante o monumento en cuestión.

Ahora todo es inmediato, todo es y debe ser ¡ya! No hay tiempo para preguntar, no hay tiempo para pararse a escuchar, no hay tiempo que perder. Lo expresamos inconscientemente con frases del tipo “odio que me hagan perder el tiempo” “me falta tiempo para mí” y la archiconocida frase “deprisa, que no llegamos”…

Compramos, nos informamos, gestionamos nuestras cuentas y hasta ligamos por Internet. Entonces, ¿en qué empleamos todo ese tiempo que ahorramos gracias al uso de la tecnología? ¿Es que acaso podemos hablar por whatsapp varias horas al día y no tenemos 5 minutos para esperar a que salga el pan fresco en la panadería? ¿Acaso hemos perdido la capacidad de disfrutar con paciencia de nuestra vida?

Me resulta de lo más curioso que si consultamos el diccionario, la RAE define la paciencia como “la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse”. Ya desde el punto de vista etimológico observamos que paciencia proviene del latín “patientia” que deriva del verbo “pati”, que significa sufrir, algo así como que, para esperar hay que sufrir. Y desde luego así lo sobrellevamos, solo hay que ver las caras y los gestos de impaciencia de los que esperan su turno en la cola del banco o del supermercado.

Pero si viajamos a Oriente, si nos adentramos en el budismo por ejemplo, encontramos que la paciencia se define como una virtud para iluminados. El zen es una práctica budista que implica vivir plenamente el momento presente, con calma, sosiego y tranquilidad. En la filosofía taoísta, encontramos el término wu-wei, que equivale a no alterar el transcurso natural de las cosas, no concentrar nuestra atención en la necesidad de actuar sino más bien dejar que las cosas fluyan. La Naturaleza también nos muestra el camino de la paciencia; las semillas plantadas brotarán a su tiempo adecuado, ni antes ni después. Los animales suelen esperar pacientemente a su presa. El Sol sale y se pone en su horario habitual y lo mismo ocurre con la Luna, las mareas, las estaciones…Todo es perfecto tal cual, sin acelerar el ritmo de ningún proceso. Nosotros somos parte de la Naturaleza, pero vivimos sumergidos en una cultura de inmediatez y celeridad donde la paciencia es una virtud de pocos. Todo se nos hace urgente y mientras tanto multitud de personas en todo el planeta continúan medicándose para combatir la ansiedad y poder seguir ese ritmo frenético.

Si me remonto 40 años atrás, si pienso en cuando era una niña, aún puedo percibir los olores, los sabores y sonidos de mi infancia. Aquellas comidas de las abuelas elaboradas a fuego lento, aquellas familias reunidas alrededor de la mesa hablando y cantando, aquellos niños que jugábamos y reíamos a todas horas. Una vida de trabajo duro, una vida con poca libertad, con muchas calamidades, pero ciertamente una vida vivida sin prisas.

Nadie pone en duda la tremenda evolución que ha sufrido el país a lo largo de estas últimas décadas. Hemos conseguido trabajar menos y ganar más, hemos logrado increíbles avances científicos, médicos y tecnológicos, hemos luchado por obtener mejores políticas sociales,… Sin embargo no todo han sido ganancias, en este nueva sociedad de “bienestar”, precisamente nos hemos olvidado de lo esencial, de “estar bien”; de estar a gusto mientras disfrutamos de todas estas comodidades.

Está claro que, o empezamos a cultivar la paciencia o la impaciencia acabará con nosotros. Echo en falta tomar un té o un café en el trabajo con sosiego, disfrutar del ocio sin prisas, gozar de las relaciones interpersonales con calma, ser complacientes con nosotros mismos y regalarnos tiempo. Probemos a abandonar la contrarreloj, probemos a soltar la autoexigencia y, probemos a ofrecerle a los demás nuestro tiempo y nuestra presencia.

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