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José Antonio Díaz Lago

El Papa y los economistas mancos

Cuentan que varios economistas asesoraban al presidente de EEUU planteándole alternativas y sus posibles consecuencias: “a una mano, si hacemos esto o aquello ocurrirá esto y lo otro; sin embargo a otra mano…” El presidente, Harry S. Truman, al parecer exclamó, harto de ambivalencias: ¡tráiganme un economista manco! Truman, como cualquier político, quería certezas y no dudas, pero sus asesores eran reputados economistas, de alto nivel académico o investigador, que son los menos proclives a dar recetas fáciles u ofrecer soluciones milagrosas, precisamente por ser quienes mejor conocen la complejidad de la sociedad y de las interrelaciones financieras dentro de la misma.

Sin embargo, algún consenso existe. La mayoría de los economistas cree que el libre mercado es la manera más eficiente y justa de asignar recursos y de incrementar la riqueza, lo que no es incompatible en modo alguno con apoyar la existencia de coberturas sociales y de solidaridad o de requerir al Estado para que asuma ciertos bienes públicos y promulgue marcos regulatorios sólidos y fiables. Contrariamente al consenso mayoritario en economía, el resto de ciencias sociales suele ser muy crítico con el libre mercado; el premio Nobel de economía francés Jean Tirole –no sin antes señalar malévolamente que quizá a estas disciplinas les faltan lecturas de economía– las enuncia: filosofía, sociología, politología y… religión.

Como con la Iglesia hemos topado me asesoro con un amigo católico a machamartillo que me aclara que el Papa solo es infalible cuando habla ex cátedra de cuestiones de fe o de moral. Dado que la economía es más mundana podemos opinar sobre la última encíclica del Papa Francisco en esta materia. La encíclica, Fratelli Tutti, es un buen ejemplo de lo que manifestaba Tirole, ya que formula cuestionamientos rotundos sobre la economía de mercado y el liberalismo económico, de los cuales cabría decir que están inusitadamente poco matizados. Se atribuyen opiniones o propósitos al liberalismo y a los defensores del mercado que difícilmente encajan con la ideas esenciales de quienes propugnan este tipo de organización social como superior a otras.

Que el mercado no lo resuelve todo –como dice la encíclica acertadamente– no significa que tal idea sea un “dogma de fe neoliberal”, como señala a continuación de forma sorprendente. Puede que algunos radicales muy minoritarios lo sostengan, pero acusar a la totalidad del liberalismo de ese pecado parece injustificado: existen muchos tratados, escritos por economistas liberales, que alertan sobre los “fallos del mercado” y proponen medidas para corregirlos. Simplificando mucho, los fallos de mercado derivan de la falta o insuficiencia de información que hace del juego de oferta y demanda un mecanismo imperfecto; con ellos hay que lidiar, y cualquier economista, incluyendo los liberales, lo sabe. Que la sociedad se rija por criterios de libre mercado no significa tampoco que no se esté de acuerdo en atender a los necesitados o en adoptar medidas que palien las desventajas sociales de origen o que no sea posible la fraternidad. Las sociedades escandinavas, tan idealizadas por estos lares, son el mejor ejemplo de apoyo al libre mercado, absolutamente mayoritario entre su ciudadanía, aun disfrutando de potentes coberturas sociales.

Sostener, como hace en otro punto la encíclica, que “si alguien no tiene lo suficiente para vivir con dignidad es que otro se lo está quedando” parece demasiado inmediato por dos razones fundamentales. En primer lugar porque la encíclica categoriza la propiedad privada como “derecho secundario” y lo supedita “al principio del destino universal de los bienes creados” (aunque no se aclara en el texto quién determinará ese “destino universal de los bienes creados”). Lo que parece seguro es que los partidarios de la apropiación de la propiedad privada, que tienen motivaciones políticas y cuya contribución al bien común ha sido históricamente más bien escasa, encontrarán en dicha afirmación soporte teórico a sus ideas y estarán dispuestos a ser ellos los que determinen ese destino. En segundo lugar, y más importante, debe recordarse que los esfuerzos liberales son, precisamente, los que propiciaron el convencimiento a lo largo de la historia de que la mejor manera de combatir la pobreza y la desigualdad es aumentar la riqueza global. A veces, la mejor manera de generar pobreza es diseñar medidas cargadas de buenas intenciones que, aparentemente, propician la igualdad, pero que pueden resultar desastrosas por no haber previsto adecuadamente los efectos posteriores.

No se puede aceptar que la economía asuma el poder real del Estado, dice la encíclica de manera impecable. Totalmente de acuerdo, y no conozco a ningún economista prominente, mucho menos si es liberal, que sostenga lo contrario (los economistas dubitativos de Truman exponiendo opciones a quien tenía que decidir son un buen ejemplo). Quien sí lo asevera es el materialismo dialéctico marxista, nada proclive al libre mercado, que siempre ha considerado a la economía como determinante de la situación de la sociedad, y por tanto planificable, y que, seguramente comparte, en general, las proposiciones económicas de la encíclica. El que no creo que estuviera muy de acuerdo con la misma es el propio presidente Truman, pero seguro que envidiaría la capacidad de su redactor para rodearse de economistas mancos, cuyas certezas en materia económica los sitúan más cerca de la fe que de la ciencia.

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