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Elizabeth López Caballero

La isla de las lamentaciones

Ya ha finalizado el programa “La isla de las tentaciones” y hubo quien me recriminó que no escribiera un artículo sobre el tema. Sinceramente en ese momento no me apetecía.

Estoy intentando aprender a no escribir desde las vísceras y preferí darle un margen de tiempo a mi reflexión. Además, estaba un poco saturada de información, porque mis compañeros de trabajo me aturullaban con los últimos chismes del reality, todos los días a la hora del almuerzo.

Ahora que ya han pasado un par de semanas y decido escribir sobre el tema, me entristezco al enterarme de que el índice de audiencia del show fue altísimo y de que haya parejas que se presten a ir a un programa de ese tipo a airear los trapos sucios de su relación o a exponerse a un sufrimiento tan cruel como la infidelidad delante de millones de personas. Desde niña me inculcaron a fuego la importancia de la intimidad. De guardarnos para nosotros ciertos aspectos de nuestra vida. Luego llegaron las redes sociales y caí en alguna exposición de mi privacidad que tal vez podría haberme ahorrado, pero aprendí de ese error e intento ser más cauta. Las redes sociales me pusieron a prueba, igual que a muchos de ustedes. Algunos reculamos y otros quedaron atrapados en ellas.

No voy a hablar de la temática del programa porque todo el mundo la conoce y tampoco voy a criticarla. Simplemente quiero compartir algo que me preocupa. La media de edad de los participantes era de veinticinco años. Se supone que es una generación más formada que está intentando desligarse del patriarcado y en la que hombres y mujeres tienen los mismos derechos y los mismos deberes. El único derecho en igualdad que expuso el programa fue el de ponerse los cuernos. Sin embargo, las reacciones de ellas y las de ellos ante semejante comportamiento eran diferentes. Ellas justificaban lo que ellos hacían, a pesar de saber que estaba mal. Y ellos, entre líneas, consideraban que sus parejas eran unas “golfas” por acostarse con otro. Por lo que ellos son libres de hacer y deshacer y ellas son “propiedad de”.

Ellos no se preocupaban de lo que pensaran sus familias sobre sus escarceos y ellas se castigaban preguntándose qué pensaría su padre, concretamente el macho alfa del linaje, de su comportamiento. “La isla de las tentaciones” no vino a poner de manifiesto la debilidad ante el deseo o que hombres y mujeres son infieles por igual. Eso ya lo sabíamos. “La isla de las lamentaciones”, como a mí me gusta llamarle, vino a poner de manifiesto que nada ha cambiado, o al menos muy poco. Mostró el sufrimiento de las mujeres y cómo son capaces de mantener una relación en la que son infelices por el qué dirán y también puso de manifiesto que seguimos educando en aquello de “Los chicos no lloran”, porque la expresión de las emociones de los muchachos brilló por su ausencia.

Asimismo, otro de los detalles que reflejan lo poco que hemos evolucionado está en las once tentaciones femeninas y masculinas que participaron en el programa. Todas y todos con el mismo perfil; ellas altas, delgadas, con frondosas melenas, labios exuberantes y piel de porcelana; ellos altos, fuertes, varoniles y protectores. Por tanto, el mensaje que reciben nuestros jóvenes es: “si no cumples esos requisitos, no te vas a comer una rosca”. Volviendo a la pescadilla que se muerde la cola: Trastornos de la Conducta Alimentaria: anorexia, bulimia, vigorexia. Trastorno de la Ansiedad Generalizada (TAG), problemas de autoestima y de depresión. Este tipo de programas nos vuelve débiles y sumisos. No ayudan, no educan, no conciencian. Así que, por favor, si esta es la basura que les venden a nuestros jóvenes y que consumen, hagamos desde las escuelas, institutos y, sobre todo, desde los hogares, más pedagogía del amor propio y de la crítica social y menos pedagogía del aprobado o suspendido en lengua o mates, que a veces nos olvidamos de que una de las asignaturas más importantes es “la vida” y no les estamos enseñando a vivirla con coherencia.

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