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Myriam Z. Albéniz

Desde la sala

Myriam Z. Albéniz

Cuando la mayor victoria es asumir la derrota

Nadie se libra de las derrotas. En nuestro día a día lo habitual es afrontar situaciones en las que no alcanzamos la meta deseada. Por lo tanto, cuanto antes cambiemos la percepción sobre ellas y dejemos de asociarlas a la idea de fracaso, más pronto alcanzaremos nuestra versión óptima. Pasar página y ponerse de nuevo manos a la obra se alza como actitud clave, así como proceder a una autocrítica a fin de corregir los posibles errores cometidos. La ansiedad por ganar resulta tan perjudicial que ni siquiera ostentar el rol de favorito beneficia siempre a quien lo posee. En la mayoría de los casos representa un arma de doble filo, pues ese empeño en aborrecer el punto medio y apostar por el “todo o nada” nos conduce a una idea muy discutible de la victoria. Véase en el fútbol. Ni la Selección Española es la mejor del mundo por su reciente goleada a la de Alemania, ni sus jugadores serán unos fracasados cuando los resultados futuros no les acompañen. (Abro paréntesis. Ser hincha de un club que gane partidos a menudo, que no llegue a las últimas jornadas rezando por no descender y que a sus jugadores sea la cabeza y no el corazón la que inspire sus patadas debe ser toda una experiencia. En mi caso particular, osasunista hasta la médula, no ha habido suerte históricamente. Demasiadas sombras para tan pocos gozos. Sin embargo, un verdadero aficionado -y yo lo soy desde hace medio siglo- lo demuestra en lo bueno, en lo malo, en la salud y en la enfermedad. Todos los días de su vida. Perdonen el arrebato, pero era una obligación homenajear a mi club en su centenario. Aúpa, Osasuna. Cierro paréntesis).

Dadas las circunstancias, aprender a perder debería ser una de las primeras lecciones que nos inculcaran desde niños, tanto en el ámbito familiar como en el entorno escolar. Véase en Donald Trump, a quien esta pedagogía le hubiera venido como anillo al dedo, pues nada resulta más insufrible y bochornoso que soportar a un perdedor fuera de sí. Si acaso, padecer a un vencedor presuntuoso. Aunque nunca es tarde si la dicha es buena, sería la etapa infantil la más idónea para aclarar a los más pequeños que no siempre van a ganar y que, por cierto, tampoco pasa nada. De su capacidad de enfrentar los reveses y aprender levantarse una y otra vez dependerá que eviten los bloqueos y las furias existenciales porque una persona que no sabe contenerse es, como mínimo peligrosa, amén de insoportable, tanto por lo que manifiesta como por lo que gesticula.

Por esa razón, frases recurrentes como “si pierdes es porque eres un perdedor”, “perder es humillante” o “has fracasado y ya no podrás volver a conseguirlo” reflejan una equivocación demostrable, dado que aprender a perder nos ayuda a comprender que, para triunfar, en ocasiones se torna imprescindible fallar, no una, sino varias veces. La manera más adecuada de recuperarnos de las caídas es asumirlas cuanto antes, analizar sus motivos, calibrar quiénes nos apoyan y quiénes no, entender que el que no arriesga no gana, plantearse metas viables a corto, medio y largo plazo, establecer un plan de acción y, por encima de todo, volver a creer en uno mismo. Véase en cada uno de nosotros y nuestros procesos evolutivos. No se puede perder siempre, igual que no se puede ganar siempre, pero sí se puede luchar siempre. En consecuencia, no debemos avergonzarnos de nuestras pérdidas, pues son parte de nuestros futuros logros. La vida se parece a una montaña rusa en la que, para alcanzar las cimas más altas, hay que descender primero a las simas más oscuras. Ahora bien, aceptadas las reglas del juego, no perdamos por el camino la educación, el buen tono y la dignidad. Que con un Trump basta y sobra.

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