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Martín Alonso

Mel, Galeano y los mendigos de una jugadita

En un mundo en el que nadie apenas apunta algo interesante por miedo a meterse en un charco y recibir palos por la derecha, el centro, la izquierda y hasta de la Santísima Trinidad, las apariciones públicas de Pepe Mel suelen ser tan gratificantes como un arroyo de agua en medio de un desierto. El pasado domingo, después del partido soporífero que firmaron la UD Las Palmas y el CD Tenerife y que se resolvió por un error grosero dentro del deporte profesional –el gol en propia meta de Ortolá–, el entrenador del equipo amarillo dejó una perla en la rueda de prensa. “Aquí lo que vale”, afirmó con tono castizo, “es Las Palmas, 1-Tenerife, 0 y pa’ la caseta”.

Esa idea, que vale tanto para encarar un derbi como una final –“se ganan, no se juegan” reza el concepto en el imaginario colectivo–, retrata un ambiente competitivo en el que, al final, sólo importa la victoria. Eso es así. No lo vamos a descubrir ahora. Pero también revela algo perverso: si el fútbol –en su orígenes– era un juego noble, ahora, convertido en negocio con múltiples intereses –la mayoría pecuniarios–, se mueve atrapado en la dictadura del resultado. El afán por ganar, la necesidad de sumar de tres en tres, lo condiciona todo.

Si hacemos un ejercicio de empatía y nos ponemos en el puesto de Mel, no cabe otra que adoptar ese ideario. Da igual cómo, con la pelota pegada al pie, a base de tocar y tocar, lanzando contragolpes verticales o con el juego directo como hoja de ruta. Para mantener el trabajo sólo vale ganar. Así lo exige el patrón, que a su vez siempre estará condicionado por las sentencias de la afición y las corrientes de opinión creadas por la prensa. Los resultados mandan. Y punto.

El asunto es que, salvo pedrada de última hora, de momento el cuerpo sólo me da para ser un simple aficionado. El fútbol, creo, se vive con más tranquilidad en la grada que en el banquillo. Y uno, después de todo, tira más por el hedonismo futbolero que por el masoquismo. Y, en esa búsqueda del placer me siento desde hace tiempo, como confesaba Eduardo Galeano en la introducción de El fútbol a sol y sombra, como “un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo sombrero en mano, y en los estadios suplico: una linda jugadita, por amor de Dios”.

Pues eso, que está muy bien eso de ganar y pa’ la caseta, pero por favor, que el fútbol no se convierta en algo tan gris como un bloque de hormigón. Que nadie nos robe la ilusión de ver un partido a la espera de una linda jugadita.

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