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Martín Alonso

La mirada de Anderson

Martín Alonso

No saben lo que se han perdido

La noticia se presentó como llegan ahora toda las cosas: de inmediato y por un guasap en un chat de amigos. José, el mismo que en enero nos avisó del fallecimiento de Kobe Bryant –vaya añito–, nos puso en guardia desde Dinamarca: Maradona ha muerto. ¡Pum! De golpe, como una fila de piratas que se lanzan al abordaje desde la cubierta de una fragata, me asaltaron mil imágenes. Todas bellas. Un gol de cabeza, desde fuera del área, tras romper el fuera de juego y dando forma una vaselina perfecta sobre Galli en una victoria del Nápoles al Milan –no sé por qué, pero fue el primer recuerdo que me vino–; la vacilada a Juan José en el Bernabéu con el Barça; el libre indirecto dentro del área que, por una simple cuestión celestial –imposible que sea terrenal por las leyes de la física– supera a la barrera de la Juventus y entra por la escuadra; el gol, al toque, contra Italia en México 86; el tanto, también al toque, contra Bélgica, en el mismo torneo; y, obviamente, aquel eslalon en el Azteca para dejar en el camino a tanto inglés.

Maradona fue mi ídolo. Me interesé más por él que por Schopenhauer o Ayn Rand. Ya ven. Y no voy a pedir perdón por admirar a un futbolista salido de un arrabal que, en su vida privada, se metió en problemas. A mí me hizo feliz muchas veces. Y, sobre todo, cuando era niño, me hizo soñar. Fue, además, un héroe con coraje. Entre sus iguales dentro del fútbol, el que más: fue el más valiente, el que más se expuso, fue generoso con sus compañeros y se enfrentó a enemigos poderosos. Pagó por todo eso. Reverencio, desde niño, a Maradona, Magic Johnson y Perico Delgado. Uno era drogadicto, otro fue un cucainquieta sin protección –vicio por el que es portador del VIH– y el tercero se presentó un par de minutos tardes a la salida del Tour de Francia cuando defendía la corona de campeón. Nadie es perfecto, pero todos mataríamos por tener el talento del Diego para dejar en el camino a tanto inglés.

Con Maradona, que tanto me dio, se va una parte de mí. Esa que se construye a base de sueños cuando eres un mocoso. En el barrio, en el fondo, a todos nos gustaba aquella camiseta amarilla –con un banda blaugrana– de Meyba porque era como una fusión perfecta entre el Barça y la UD Las Palmas. Allí, a cualquiera que gastara un peinado cargado de rizos se le bautizaba por aquellos tiempos como Pelusa –igual que a los rubios con melena se les designaba el mote de Schuster–. Su visita con el FC Barcelona al Insular, por aqullos tiempos, se narraba como una especia de fábula por parte de los afortunados que aquella noche entraron en el estadio. Y si Hegel vio a Napoléon en Jena, mi generación se maravilló con Maradona en el Azteca. En el 86, allí donde nos inventábamos un campo de fútbol con un par de piedras por portería, todos queríamos regatear como él para dejar en el camino a tanto inglés.

Maradona, con su marcha, cierra una de las puertas que daban al siglo XX. Ya retirado, lejos de sus días de gloria sobre el césped, lo convertimos en mito. Por lo que había hecho con la pelota pegada al pie y por su capacidad para sobrevivir después de tanto exceso. En 2000, un grupo de amigos decidimos montar una especie de apuesta en la que relacionábamos a una serie de personajes con la centuria pasada. La historia consistía en seleccionar a cinco figuras clave y elegir al que, según criterios propios, moriría el último. Las celebridades que se pusieron sobre la mesa, si no recuerdo mal, fueron Juan Pablo II, Michael Jackson, Fidel Castro, Maradona e Isabel II. Ya saben cómo acaba esa película, ¿no? Debe ser la suerte de ser un Windsor: trabajar poco y disponer de buena ginebra. Con todo, hasta en eso Maradona fue exquisito: se fue antes que la reina para dejar en el camino a tanto inglés.

Mi idilio con Maradona se convirtió en algo místico en 2005. El 11 de diciembre de aquel año, sin entrada y sin medir bien lo que hacíamos, Julio, Liano –después de quitarle de la cabeza la idea de presentarse allí con una camiseta del Wolfsburgo serigrafiada con el nombre de D’Alessandro (ídolo de River)– y yo nos plantamos en La Bombonera con una contundente resaca y sólo un choripan y una birra en el estómago. Se jugaba el partido del año: un Boca Juniors contra Independiente en el que se decidía el título de campeón del Torneo Clausura. Después de acceder al estadio por una puerta en la que, después de preguntar si había que enseñar al derecho o al revés un boleto con pinta de ser falso comprado en la reventa, nos dijeron que por allí se entraba hasta con una etiqueta de Coca-Cola, nos colocamos en un fondo y presenciamos algo onírico, tan irreal como aquella cabalgada en México para dejar en el camino a tanto inglés.

Allí, desde un fondo, frente a La12, descubrimos, mientras la barra brava de Independiente nos tiraba de todo –y cuando digo de todo digo de todo– que la leyenda es cierta: La Bombonera no tiembla, late. Y que Maradona, en Buenos Aires, no era un simple mortal: minutos antes del inicio del partido, todo el estadio empezó a cantar una canción en su honor, los fotógrafos se plantaron delante del palco propiedad del 10 y, tras el aviso de Julio, plantamos nuestra atención hacia aquella dirección. De repente, torso desnudo y con la camiseta de Boca en el puño, Maradona se asomó por aquella ventana y todos caímos como hipnotizados. Tras cada gesto suyo con el brazo, el respetable se movía y saltaba en la misma dirección. Todos. Sin excepción. Él marcaba el ritmo y nosotros bailábamos. Como el chamán en la tribu. Fue algo animal. Como al principio de los tiempos. Boca ganó 2-0 y salió campeón. Al terminar el partido, un tipo enorme, calcado al inidio Joe de Tom Sawyer, sin camiseta, se fundió en un abrazo conmigo. El hombre, confundido, debió pensar que yo era de Caminito mismo. En su espalda se dejaba ver un tatuaje enorme, con la figura de Maradona vestido de la selección argentina, y en la que se podía leer la narración del gol de Víctor Hugo Morales, aquella en la que inmortalizó ese verso que cuenta una hazaña para dejar en el camino a tanto inglés.

Se va Maradona y, entre la alegría que me dejó, siento cierta ternura por aquellos que no lo vieron jugar. Para los que murieron antes de que el Diego debutara y para los millennials a los que sólo les queda YouTube para ejercer la arqueología futbolera, sólo les puede decir una cosa: “E che ve site perso!”, algo así como “no saben lo que se han perdido”, que fue el mensaje que los tifosi del Nápoles pintaron en el muro del cementerio principal de la ciudad después de que el equipo, de la mano de Maradona, ganara su primer Scudetto frente a todos los grandes del norte de Italia. En la memoria de todos nosotros quedará aquella jugada en el Azteca de Ciudad de México para dejar en el camino a tanto inglés. Ningún futbolista hizo tanto y tan bien en un Mundial para ganar el torneo más importante. Pero en su legado también deja una sentencia, que soltó en La Bombonera el día de su homenaje, que explica a la perfección el juego y al héroe: la pelota no se mancha.

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