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El tipo que devolvió el orgullo de ser argentino

AMaradona lo conoci en el año 80 en Buenos Aires. Se jugaba un amistoso entre Argentina y Alemania. Los alemanes contaban con dos futbolistas del Madrid, Stielike y Breitner. Me fui a cubrir el partido para TVE. Y en ese partido descubrí a un futbolista genial. Pensé: “Qué bien le iría al Barça”. Luego me enteré de que el Barça ya estaba encima de él, según ha explicado Minguella. Él era muy jovencito, pero tras el partido lo busqué. Fue la primera entrevista que le hice, la primera de centenares durante los 14 años que le seguí por el mundo.

Era otra época, claro, a los jugadores entonces los podías tocar, podías hablar con ellos, no como ahora. Entonces él acababa de ser proclamado el mejor jugador del Mundial juvenil de Japón. Le debí caer bien, porque a partir de entonces nos vimos mucho, en Barcelona y en Nápoles. Me iba a su casa cada vez que TVE me enviaba para entrevistarle por cualquiera de esas noticias que surgían periódicamente en Italia sobre su figura. “El pelao”, me llamaba.

Acabamos forjando una relación muy cercana. Muchas veces fui también a esa casa de la zona alta de Barcelona, siempre rodeado de gente. A Maradona y su mujer les gustaba mucho. Estando en Nápoles, Claudia Villafañe me dijo que lamentaba no haberla comprado. ¡Llegaron a cambiar las baldosas por unas en azulgrana!

Me enteré de que se iba del Barça en París. Yo estaba allí cubriendo la Eurocopa y me hizo llegar un mensaje de que fuera a verle a su hotel. Había ido a pasar el fin de semana para no sé qué. Y ahí me dijo de que no podía continuar. “No aguanto más, me tengo que ir”, me dijo. Pero nos seguimos viendo. El Mundial-90 lo pasé casi concentrado con la selección argentina. Todos sabían que éramos amigos. Desde el presidente, Grondona, hasta el seleccionador, Bilardo.

Una vez hizo una rueda de prensa en un gimnasio y al acabar dijo: “Márchense todos, que ahora tengo una entrevista con este señor”, dijo señalándome. En el Mundial-86, el de su coronación, no estuve en la concentración, pero lo fui viendo y le entrevisté. Y ayudé a que otros lo pudieran entrevistar. Es así.

A veces te hacía esperar. Ya se sabe que él tenía con el tiempo una relación peculiar. Una vez, en la Copa América de 1998 en Río de Janeiro, él estaba lesionado, no se dejaba ver y tardé siete días en poder entrevistarle. En cuanto se entrometían intermediarios, todo se rezagaba. Pero nunca me fallaba.

Es alguien que ha devuelto al pueblo el orgullo de ser argentino. Después de la guerra de las Malvinas, aquello que hizo a Inglaterra en México resulta inigualable en términos de orgullo. Por eso lo idolatran tanto. Por eso hay ahora estas manifestaciones de dolor. Porque hay muchos de los que le lloran que ni lo vieron jugar. Lo mismo sucede con Nápoles. Recuperó el orgullo napolitano también.

Era un tipo de izquierdas, que llegó a montar un sindicato de futbolistas, y por estas cosas se ganó el cariño del pueblo. Y sí, consumió cocaína y alcohol, pero eso no le hizo jugar mejor. Fue una factura que pagó él mismo. En realidad lo destruyó. Al punto de que algunos exjugadores del Barça querían ahora traerlo a Barcelona en Navidad con la excusa de arreglarle la cadera para cuidarlo.

No llegaron a tiempo. Una inmensa pena.

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