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La bisagra de ‘D10S’

Maradona ha muerto. Pero ya casi da lo mismo porque Maradona hace muchos años que se había ido. Se había convertido en una parodia, en un meme únicamente a la espera de que el hecho biológico le liberara de la pesada carga que le había convertido en un ser infeliz. Y solitario, por mucho que siempre haya estado rodeado de gente, mucha gente, que ordeñó a la persona y al mito sin necesidad de tener que aguantar la arcada por lo que estaban haciendo. Unos hacían, sí, pero el “10” también se dejaba hacer.

Aunque está claro que en sus últimos años ya nada funcionaba en su cabeza. Se había convertido en un pelele al que sentaban en un trono para simular que era entrenador, al que permitían ponerse delante de un micro sin poder articular palabra o al que jaleaban para que siguiera bebiendo chupitos de vodka para que todo el planeta disfrutara desde varios ángulos de cómo se jugaba la vida en un palco vip en el Mundial de Rusia estando al borde del coma etílico. Que acabara entrenando al Dorados de Sinaloa dada la tensa relación del argentino con la cocaína y su pasado con la Camorra napolitana ya daba una pista de por dónde iba todo.

Solo hay que ver los vídeos caseros que filtraban sus amistades para darse cuenta de que toda la gente que un día quiso al “Diez” por lo que era y no por lo que tenía y podía darles se había hecho a un lado dejándolo solo ante su destino. Se supone que su muerte acabará con todo esto, pero no va a ser así. Toca el reparto de la herencia y asistir al espectáculo de la salida de las alcantarillas de toda clase de alimañas atraídas por la podredumbre.

A pesar de todo, la muerte de Maradona sí que cierra algo: la última etapa del fútbol clásico, en la que todavía el deporte tenía algo que decir sobre el negocio. Y eso que el “Pelusa” no deja de ser uno de los artífices de este fútbol moderno que nos ha tocado vivir en el que los túneles que llevan de los vestuarios al césped huelen más a maquillaje y a peluquería que a sudor, y ya no digamos que a sangre. Diego Armando fue junto a Jorge Cyterszpiler, su primer agente y que acabó tirándose por una ventana tras otra vida de desmadres y coca, un pionero en eso de convertir al futbolista en una empresa y facturar por publicidad, eventos, espectáculos privados... Lo mismo que ahora hacen Messi, CR7, pero con la permanente recién cardada y un revival de la música disco como banda sonora. Luego llegaría Guillermo Cóppola, y en paralelo su historia de amor-odio con Claudia Villafañe, sus hijos ilegítimos... La verdad es que todo lo que rodeó al astro da para una buena serie. La imagen de Maradona que les quedará a las generaciones que no lo vieron jugar será la última. Ley de vida. Los que lo disfrutaron en acción dirán que fue el mejor de todos los tiempos. Una elección siempre subjetiva ya que se tiende a pensar que no hubo nada mejor y más bueno que lo que uno vivió en su juventud. Pero al Maradona futbolista no se le puede negar que hizo cosas que nunca se volverán a ver al margen del Mundial de su icónico gol contra Inglaterra y todo lo que significó por su trasfondo: las Malvinas, Margaret Thatcher, las heridas de la dictadura militar...

Nadie volverá a será capaz de hacer campeón a un equipo de pueblo como el Nápoles. Fue la venganza del sur de Italia contra el Norte. La victoria de los piojosos campesinos sobre los gigolós industriales. Hasta que Maradona llegó al Napoli huyendo del Barça, solo el Cagliari de Gigi Riva había ganado un Scudetto para el deprimido y humillado Sur. De ahí que siga siendo un icono en Nápoles. Tal es así, que en el Mundial de Italia muchos napolitanos eligieron bando y se pusieron del lado de Argentina antes del de la selección italiana en la que brilló el siciliano Totò Schillaci. Maradona eliminó a Italia y alcanzó la final. Y ahí empezó su declive: Roma no paga traidores y ya nadie tapó sus problemas. Llegó el positivo por coca y la cuesta abajo a la que su muerte ha puesto fin.

La vida, como el fútbol, sigue, aunque en Argentina haya quien dice que el juego de la pelota ha muerto con “D10S”. Sumarse a los llantos y a la exuberancia en adjetivos de los porteños queda al gusto del consumidor. Pensar que los defensas ingleses que lo sufrieron siguen despertándose todas las noches sudando y gritando “stop it, stop it”, también. Pero esa puerta que separa aquel fútbol del actual, y del que Maradona era su principal bisagra, se ha cerrado para siempre. Solo quedan recuerdos como el premonitorio relato de Víctor Hugo Morales al que siempre se podrá acudir cuando se olvide lo que un día fue Diego: “Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas...”.

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