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Javier Durán

Javier Durán

Periodista

Censura sutil

Los seguidores de The Crown corremos el riesgo de vernos sometidos a un pack de advertencias dirigidas a calmar el malestar que ha creado en la monarquía británica la última entrega de Netflix. Ya conocemos la que aborda el trastorno alimenticio de lady Di, tratado con la alerta “puede herir la sensibilidad”, con lo que se le hace un flaco favor a los que la padecen, automáticamente situados en el territorio de la excepcionalidad.

La nueva propuesta parte nada menos que del Gobierno británico, que recomienda instruir a las audiencias con la monserga de que “está viendo ficción y no historia”, cautela que tiene por objetivo evitar lecturas erróneas sobre Carlos de Inglaterra y su relación con Camila Parker Bowles, o con la carencia de afectividad social de Margaret Thatcher, por citar sólo dos asuntos que alimentan la tirantez. Una claudicación ante esta censura sutil nos pondría ante un escenario rocambolesco: biografías, ensayos o memorias se verían obligadas a incluir en sus versiones impresas y digitales una leyenda similar a la que se le exige a The Crown, un disparate aplicable también a las nuevas ediciones de los Episodios Nacionales de Galdós, o a Fouché, el genio tenebroso, o a María Antonieta, ambas de Stefan Zweig. La exigencia de una fidelidad extrema a la realidad, en el caso de The Crown, sólo sería factible poniendo a la misma Isabel II al frente de la serie, idea absurda, por otra parte, dado que la monarca buscaría la manera de que ella y su prole quedaran sanos y salvos ante sus súbditos. El hecho de que los capítulos más recientes provoquen cierta descomposición estomacal entre los protagonistas tiene mucho que ver con la cercanía de los hechos, y por supuesto con el antes y después que supuso el paso trágico y a la vez irreverente de lady Di por palacio. Decir que no es una lección de historia es una obviedad, puesto que ese propósito sólo lo cumpliría un documental, afirmación que hay que tomar con todas las precauciones posibles dado que bajo la aparente rigurosidad del género hay aprovechados en la manufactura de auténticos bodrios. El ataque a The Crown tiene un origen fresco: a la Corona no le gusta el perfil realizado por el guionista Peter Morgan, cuya trayectoria no vamos a desglosar aquí. Pero que no es precisamente un cantamañanas. ¿Falsificación? Entrar en minucias no procede. La serie permite obtener una visión de uno de los momentos críticos del reinado, pero también de la era Thatcher y sus efectos.

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