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Ya hemos logrado suprimir los suspensos, los exámenes y cualquier otra molestia que puedan sufrir los criaturos y las criaturas.

–Todo sea por una formación resiliente y proactiva –ha dicho en las Cortes la ministra del ramo (del ramo de alcornoque).

De los bancos de diputados afines saltaron los aplausos como campanadas de júbilo, como palomas blancas del entusiasmo patriótico, como aullidos cantarinos de vasallaje.

A la salida del hemiciclo, los aparatos de los periodistas han recogido las siguientes palabras, dichas con regusto y silabeando, como quien repite el Cantar de los Cantares:

–Estamos en la buena dirección, la del desmantelamiento de los últimos restos de la memoria y de las demás potencias del alma. Y, por cierto, y ya que cito el alma, que no se me desmande porque hacemos una ley para suprimirla. Con nuestro proyecto inclusivo no se juega.

Así están las cosas cuando del seno de las máximas instancias del poder ha saltado la siguiente preocupación en la que nadie había reparado. Ha sido el ministro “de la Agenda del Futuro perfecto, la Deformación profesional y Asuntos digitales” quien ha dicho:

–Nos hemos olvidado de las angustias de las oposiciones y de sus injusticias.

Se refería este ilustre prohombre a quienes se ven obligados a preparar oposiciones porque no tienen secretario general de partido que se ocupe de él y lo lleve a un gabinete de enchufados bien poblado.

–Ah, ya, oposiciones a cartero, a profesor de instituto o a notario –ha musitado el vicepresidente cuarto y ministro de “la movilidad transversal y el reto demagógico”.

Y es que si los adolescentes las pasan canutas con los exámenes, se les queda la cara llena de granos, pierden peso y potencia muscular y su mirada infantil se atosiga al aprenderse el reinado de Felipe II ¿qué no pasarán los pobrecillos que tienen que saberse el reglamento de Correos, la física o la química o el Código Civil? Cuando, además, de lo que sepan depende esa ordinariez que es vivir y alimentarse.

Menos mal que se ha hecho sonar la alarma. Porque opositores hay que pasan años sentados a una mesa camilla con un flexo y unos librotes infames por aburridos y que, como consecuencia de este trato, sufren sudoraciones, efusiones nocturnas inesperadas del semen, náuseas ante el BOE, retención de líquidos, especialmente de la mala leche, desarreglos menstruales en las mujeres e incluso unas ganas incontenibles de atizarle al tipo del telediario.

¿Que hacer?, tal como se preguntó el compañero Lenin antes de perpetrar algunas de sus fechorías.

La solución parece clara y procede actuar con la misma contundencia mantenida con los exámenes de los jóvenes/as.

–Deben suprimirse las oposiciones por ser origen de enfermedades y porque además instauran el reino de la meritocracia que no sé lo que es pero me malicio que lo peor imaginable: se empieza premiando los méritos y se acaba castigando los plagios –fue la voz bien timbrada presidencial la que zanjó la cuestión.

Tras una aprobación, no por pastueña menos sincera, se discutió quién había de encargarse de la transformación revolucionaria que iba a implicar la supresión de las oposiciones.

–Será el ministro de Asuntos digitales –zanjó de nuevo el presidente.

–Digital viene de dedo, así que mi (in) competencia es clara –explicó el ministro del ramo y del ramillete.

Y fue así, y no de otra manera, cómo el dedo quedó convertido en palanca, en tuerca, en materia, en espíritu, en falo, en aleph, en tabernáculo, qué sé yo…

Cualquier cosa antes que aprenderse el Código Civil.

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