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Guillermo García-Alcalde

La huella transparente de Marta Iñigo

Hoy hace dos días del adiós de uno de esos seres humanos cuya amistad es un regalo de la vida. Dotada de una inteligencia optimista y positiva, casi exagerada en la discreción, comedida en la palabra y generosa en la sonrisa, Marta Iñigo se hacía querer de inmediato. Su participación en los encuentros amicales, las conversaciones y las iniciativas comunes, era un privilegio para quienes la rodeaban porque la atmósfera de la cordialidad y la justa medida de las discusiones y las bromas dimanaban sutilmente de su presencia.

Esposa de Francisco de la Iglesia, que fue un extraordinario director de LA PROVINCIA y sigue en su jubilación formando parte de la gran familia de Prensa Ibérica, fueron siempre pareja estimadísima por su profunda unión y abierto sentido de la relación. Amigos desde sus tiempos de estudiantes, vivieron un largo y modélico matrimonio, singular en apariencia porque la delicadeza de ella contrastaba vivamente con la sobria palabra de él y sus categóricos pronunciamientos en defensa de su visión del mundo y de las ideas, gestadas siempre en la radical honestidad. Marta reía para endulzar las situaciones, y en aquel gesto veíamos una invitación a no exagerar los rigores del debate.

Formaban un tándem compenetrado en todo: el amor a la noticia y la vocación periodística, la afición al arte y a iluminar su cotidianeidad doméstica con obras pictóricas. También las largas caminatas diarias a lo largo de Las Palmas, que les mantenían en forma física y anímica.

Desde la memoria que conservo de Marta Iñigo Barrera, que perdurará mientras yo siga aquí, puedo decir que me transmitía la sensación de una inagotable juventud. Fallecida a los 73 años, era la misma persona preocupada de todos sus familiares y amigos antes que de sí misma. En menos palabras, era la misma Marta que mi mujer y yo conocimos hace 48 años aquí, en esta ciudad, donde ellos y nosotros compartimos tantas cosas, desde la pasión por el oficio periodístico y su evolución hasta el gusto de la amistad en convivencias de toda especie, tertulias, peñas de amigos y predilecciones compartidas

No todo es riente en la vida, y no tiene precio la proximidad de las personas que nos ayudan en los malos momentos. Muy alejados ellos y nosotros, de las respectivas familias en razón del trabajo, Marta nos hacía sentir la calidez de los propios. Nunca dudó en regalar solidaridad y afecto, proximidad, sentido de familia.

Silvia de la Iglesia Iñigo, única hija de Paco y Marta, es hoy médica hematóloga en Las Palmas y sus propias hijas son ya profesionales, la mayor en plena actividad y la segunda en vísperas de iniciar el MIR. Marta adoraba a sus hijas y sus nietas, sin dejar de ser la amiga entrañable y siempre cercana en lo bueno y lo malo. La profundidad de su vivencia amistosa es uno de sus mejores legados. Mi muy querido y admirado colega y amigo Paco de la Iglesia, Silvia y las dos nietas, conservan de quienes recibimos la incomparable fineza de su amistad todo el afecto que ella nos dio. Mi mujer y nuestra hija nos sentimos muy cerca de ellos cuatro, deseando fervientemente que puedan superar con entereza su pérdida tras el sufrimiento sin paliativos de sus últimas semanas.

El sentimiento profundo de su pérdida corre parejas con la huella transparente que ella deja aquí, después de una hermosa vida en la que no quiso más que lo que tuvo a raudales: dar amor y recibirlo. Nunca la olvidaremos.

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