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El gentío, cuando está chispado y eufórico, salta y canta desgañitándose al son de la banda aquello de “todos queremos más, todos queremos más, todos queremos más, más y más, y mucho más”. El embozado forzoso se guarda su opinión sobre ese comportamiento gregario y sudoroso que se da con frecuencia en romerías y fiestas populares. No obstante, sí quiere exponer lo que piensa sobre el deseo de querer más y más y mucho más cuando tal deseo afecta al llenado del paisaje y a la administración que de él hacen las instituciones públicas.

El embozado forzoso a menudo sale a correr por la avenida de la Playa de Las Canteras y cuando no tiene tiempo o ganas de subir a Los Giles baja a El Confital y llega hasta la reja de los militares donde da la vuelta. La última vez que el embozado forzoso hizo ese recorrido se encontró con que unos trabajadores estaban poniendo una hilera de postes, a una distancia de dos o tres metros entre sí, y que apenas llegaban a la altura de su cintura, con la finalidad de marcar los márgenes de la carretera de tierra que recorre El Confital. Afortunadamente los postes no eran de colores ni metálicos, cosa que hubiese sido desastrosa en un lugar como El Confital, libre de asfalto y apenas intervenido. Los postes eran de madera y estaban bien conjuntados con el entorno rústico y con la pasarela de madera que hay al principio de ese espacio casi virgen.

Pero a pesar de la conjunción material y cromática de los postes con el entorno, el embozado forzoso se encontraba raro, corría por un camino que antes no estaba delimitado y que no era necesario delimitar pues el camino era evidente y no necesitaba de señalización añadida. El camino se bastaba a sí mismo y se dibujaba en el suelo con claridad meridiana. Por eso, el embozado forzoso, mientras corría se preguntaba para qué habrían puesto allí esos ¿quinientos, seiscientos, mil postes amojonando un camino ya de por sí evidente? Esa demarcación era innecesaria y mermaba la libertad que antes sentía el embozado forzoso al correr por allí.

¿Será, tal vez, que han querido evitar que los coches se desvíen del camino, alteren el suelo circundante y accedan al borde mismo de la costa? Si es así, piensa el embozado forzoso, si se trata de que los coches no se salten el límite de la senda, no hace falta poner esas hileras de cientos de postes a ambos lados del camino, basta con poner tres o cuatro postes al principio de El Confital e impedir la entrada de coches. O dicho de otra manera y en román paladino, basta con hacer de El Confital un espacio exclusivamente peatonal, sólo para corredores, surferos, paseantes y aficionados al yoga o a la pesca. Si la calle Triana es peatonal, si Mesa y López es peatonal, ¿quién en su sano juicio se va a sentir molesto por que El Confital sea peatonal?

El embozado forzoso considera que los postes de El Confital representan a baja escala la política paisajística que ha dominado en Gran Canaria desde que hay política. Y piensa que en Gran Canaria y en el mundo entero lo que hay que hacer es menos, “todos queremos menos, menos y menos, y mucho menos”. Queremos menos coches, menos ruido, menos contaminación de carburantes, menos contaminación acústica y menos contaminación lumínica. Queremos menos espacio ocupado. No queremos el Bentaiga iluminado como una discoteca o una vulgar barra americana, no queremos gigantescas banderas en la avenida marítima, ni tampoco ridículos teleféricos que como moscas cojoneras zumben ante nuestros ojos. Queremos menos, vaciar el espacio, liberarlo del cemento. Si queremos más, es más educación medioambiental, más atención a los paisajes natural, rural, de jardín y urbano, porque queremos menos sombrillas y más flamboyanes. En Tenerife, por querer tener más que en Gran Canaria, llenaron el valle de la Orotava de tal manera que al final lo vaciaron de valle y lo llenaron de casas garajeras y edificaciones varias sin ton ni son. Se quedaron sin valle. En Tenerife, si tuvieran menos, tendrían más. Igual en Mogán. Donde una vez hubo un hermoso barranco ahora hay hoteles y apartamentos cuyos usuarios rebosan la mínima expresión de su ínfima playa. Así que menos, queremos menos, mucho menos. Eso piensa el embozado forzoso cuando su carrera se ve sin necesidad ninguna delimitada a ambos lados por dos hileras de cientos de postes, por muy de madera que quieran ser.

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