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Recuerdo que Defoe contaba, en las páginas finales del Diario del año de la peste, que cuando todo parecía razonablemente en buen camino, los londinenses que habían huido a la periferia volvieron en masa a la ciudad.

Y por supuesto se produjo una última y desvastadora oleada de contagios y muertes, más de un año después del comienzo de la epidemia. Al principio, narra el novelista, ocurrió lo mismo: frente a las imágenes de muerte y destrucción, frente al fallecimiento de familiares y amigos en agonías no precisamente chic, frente a la imposición de medidas draconianas de las autoridades públicas – quienes, por cierto, actuaron lentamente durante meses, difundiendo buenos consejos y poco más – volvían a sus domicilios, o salían de nuevo a la calle, o abrían de nuevo sus negocios. Era demencial, y lo más extraordinario es que la gente reconocía, en efecto, en que era demencial, y lo hacían mientras se bebía una pinta de cerveza y metían la mano en un plato de encurtidos de cebolla.

Las contradicciones que a todos nos pasman – que solo se toleren una decena de personas en cenas familiares pero que los centros comerciales están repletos durante doce horas diarias – no son, por tanto, tan extemporáneas. Existe un único método para evitar las aglomeraciones prenavideñas: un nuevo y estricto confinamiento. Todo lo demás deviene inútil y frustrante. Nadie ignora que fumar origina enfermedades respiratorias y que el cáncer de pulmón es una de las patologías con mayor mortalidad en España y Europas. Y son millones de personas las que siguen fumando todos los días. Se dirá que el fumador es un drogodependiente. Todos lo somos. Todos necesitamos contacto humano, estimulación sensorial, novedades ínfimas. Todos necesitamos que nos pasen cosas. Más allá de las razones económicas para no paralizar la dinámica del consumo, esta necesidad compulsiva de los ciudadanos de verse, palparse, hablarse, festejarse y consumir refuerza el presentismo de la acción política. Y en especial de la de los políticos de izquierdas. Los dirigentes políticos de izquierdas están acostumbrados a prometer mejoras, no a exigir sacrificios. Han sido elegidos por el dedo del pueblo soberano para implantar la justicia, no el toque de queda. Quieren ser queridos, no respetados. Las democracias están dispuestas a pagar decenas de miles de muertos no solo para que no naufrague el tardocapitalismo, sino para que podamos comer en el mexicano de la esquina o seguir fumando en la calle.

Por tanto vamos al golpito. Haces meses, no semanas, se debieron prohibir las concentraciones de adolescentes en los parques públicos. Hace meses, no semanas, se debieron perseguir eficazmente las fiestas clandestinas, o limitar como se ha hecho ahora los aforos en bares, terrazas y restaurantes, o mantener más empleos telemáticos. Es perfectamente posible limitar el acceso a las grandes superficies: basta con cerrar sus aparcamientos, limitar sus entradas y utilizar un sistema de tarjetas para limitar a un 30% el número de visitantes. Si nada de esto se ha hecho no es ni quiera por desidia, sino simplemente por desinterés. Pero sí se ha celebrado un concurso de mises (caspa mortal) en Puerto de la Cruz. Por lo demás el virus ha demostrado algo difícil de tragar: somos pura contingencia. Todo se puede ir al traste en un parpadeo: no sola nuestra vida individual e insustituible, sino un orden social que parece tallado en roca pero cuya fragilidad se revela ahora con galas apocalípticas. Más adelante nos esperan más virus. Y pediremos, suplicaremos, lloriquearemos por más mano dura gubernamental (para los pobres) y la vida –y el consumo sin amenazas víricas- será un producto más del mercado (para los ricos).

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