Suscríbete

La Provincia - Diario de Las Palmas

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Parchís

Había nacido en Breña Baja, hijo de agricultores. Fue portero de fútbol en la división regional, estudió Económicas y se afilió al partido de Tierno Galván. Dicen que fue una de las figuras más destacadas del socialismo canario, pero no es del todo cierto. En realidad fue, básicamente, un buen tío, un personaje bonachón y buenagente que aguantaba con estoicismo los chistes que los diputados del PSOE tinerfeño hacían a sus espaldas. Aceptó sin alharacas ser segundón de Saavedra, después de que el PSOE de Tenerife –entonces liderado por Antonio Martinón– le plantara cara a Jerónimo.

Martín y Martinón habían aterrizado en el PSOE desde el PSP, cada uno representando un estilo distinto: Martinón era la encarnación del liderazgo, un profesor aristocrático, definido por su propia capacidad y su extraordinario atractivo personal (nada que ver con el encanto), y una defensa a ultranza de los perfumados valores de lo tinerfeño. Un matemático que ya de joven apestaba a magnífico rector. En política parecía un gran maestro del ajedrez, entregado a ganarle a Saavedra la partida final con un audaz gambito de dama. Juan Alberto era todo lo contrario: un palmero hijo de agricultores que se había criado sobreviviendo a chanzas y vaciles, un personaje modesto del que todo el mundo contaba anécdotas feroces –la del mono rijoso en el Puerto de la Cruz, la del banco de la Calle Real del que siendo pibe le sacaban a culazos–, o relataban chismes sobre su proverbial torpeza como orador: como aquel día que se definió a sí mismo en el Parlamento como “mamporrero del Gobierno”, y hasta Saavedra estalló a carcajadas. Juan Alberto no era jugador de ajedrez. Más bien daba la imagen de un cuñado entendido en parchís, uno que sabe que el juego consiste en comerse una ficha, y contar veinte.

La vida es a veces curiosa: en 1983, tras ganar las elecciones por goleada, un Saavedra harto de compartir su gallinero florentino con otro gallo, se quitó a Martinón de encima y nombró a su fiel segundo, Juan Alberto Martín –hasta entonces consejero de Desarrollo Autonómico y Política Territorial– para ocupar el cargo de vicepresidente del Gobierno. Saavedra mataba dos pájaros de un tiro: por un lado desterraba al molesto Martinón, y por otro sellaba –con premio– el pacto entre Gran Canaria y La Palma que le había mantenido en la secretaría general del partido, a pesar del mayor peso de la organización tinerfeña. Martín era ya entonces vicesecretario regional del PSOE en Canarias, un hombre clave en el equipo de Saavedra, y su nombramiento asirocó al partido en Tenerife, y abrió una brecha entre las agrupaciones de Tenerife y Gran Canaria que nunca llegó a cerrarse.

La leyenda chusca de Martín arranca en esa época: se convirtió en el servidor y cómplice de Saavedra en el castigo al PSOE tinerfeño, y desde los medios patrióticos del chicharro se le presentó siempre como el segundón que él mismo había asumido ser. Supongo que sufrió lo suyo, pero también ocupó la vicepresidencia del Gobierno regional durante los cuatro años que Saavedra fue presidente. Y mandó vicariamente en el PSOE canario durante décadas, prestando servicios a su jefe. El ajedrez tiene mejor prensa, pero la política es más como el parchís: consiste en tener suerte, saber moverse, comerle la ficha al contrario y avanzar lo que se pueda…

Ahora se ha muerto, Juan Alberto, a los 76 años. Estaba muy malito: no ha sido una sorpresa.

Compartir el artículo

stats