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Myriam Z. Albéniz

El consumismo atroz pervierte la esencia de la Navidad

Ante la proximidad de las fiestas de Navidad el consumismo se dispara, pervirtiendo así la verdadera esencia de estas jornadas de celebración. Basta ver las imágenes de las filas interminables de personas tratando de acceder a los centros comerciales a pesar de la pandemia, con el riesgo sanitario que ello comporta. Personalmente, siempre he renegado de esa fiebre por las compras más allá de lo estrictamente imprescindible que, por cierto, es poquísimo. No cabe duda de que las campañas publicitarias generan unas necesidades materiales completamente falsas, desde ropa de marca a vehículos de alta gama, desde el último modelo de artilugio electrónico a la muestra de la tecnología más avanzada, y prometen una supuesta felicidad que jamás se alcanza por esa vía. Si acaso, tan sólo se logra trasladar un afán desmedido de poseer, dejando de lado lo que de verdad importa que, dicho sea de paso, no está a la venta.

En ese sentido, desde los medios de comunicación audiovisual se reflejan sin tregua unos estilos de vida que, ante la imposibilidad de alcanzarlos, suscitan sentimientos como la envidia o la frustración. En épocas pasadas, el referente del éxito y la riqueza solía reducirse al vecino más cercano, mientras que ahora se nos bombardea sin piedad con las andanzas de famosos millonarios que viven a miles de kilómetros y a los que, sin lotería mediante, resulta imposible emular. Para ilustrar esta realidad, conviene saber que los españoles contamos con un promedio de 2,5 tarjetas de crédito cuya deuda es, a menudo, fuente de estrés y malestar. No deja, pues, de resultar paradójica esa capacidad de jugarse el futuro bajo unas promesas vacías que toman la forma de carteles y anuncios. Asimismo, la pérdida de tiempo constituye un factor a tener muy en cuenta. Dedicarse a atender objetos de los que ni siquiera se disfruta supone un drenaje físico y emocional de primer orden e impide centrarse en realizar actividades donde la socialización sea la protagonista.

Tampoco es despreciable el impacto medioambiental que acarrea esta manera de conducirse ya que, al margen del grado de ecologismo que se posea, es innegable que la dilapidación de recursos perjudica a un planeta capaz de cubrir todas nuestras necesidades, pero no todos nuestros caprichos. Incluso si se aborda la cuestión desde la mera inteligencia, se empieza a rechazar la tentación de gastar más de lo debido en uno mismo y el corazón se abre para hallar satisfacción en cubrir las carencias del prójimo, guiado por los valores más profundos de solidaridad y generosidad. Una mayor percepción de que este mundo no es sólo material y encuentra su auténtico sentido en el afecto compartido ayuda a comprender que estamos demasiado ocupados buscando el bienestar en los lugares equivocados. Se trata de un camino de doble dirección en el que no se desvanece el deseo de consumir cuando ya se ha encontrado la felicidad, sino al contrario: el rechazo intencional de ese materialismo salvaje abre la puerta a que tal felicidad eche raíces en nuestro interior. Cuando se asume y se ejerce, la corriente del suficientismo se convierte justamente en una senda para darse de bruces con una plenitud real.

La buena noticia es que siempre se está en disposición de renegar de esta locura colectiva y apostar por un consumo en el que el juicio no se abandone por el camino y nos sirva para reconsiderar algunos aspectos que perjudican nuestra existencia. Huir del consumismo atroz no es una batalla fácil. De lo contrario, se entablaría con mayor frecuencia. Sin embargo, merece la pena luchar y vencer, ya que esta deriva materialista nos perjudica mucho más de lo que pensamos. Sirva como último argumento de peso recordar que nunca cumplirá su promesa de dicha, pues es incapaz de llenar unos vacíos llamados a ser cubiertos por otros carismas que no se venden en ningún comercio.

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