Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alfonso González Jerez

Cambio sin cambios

Esta pandemia tendrá consecuencias. Consecuencias que transformarán nuestro paisaje político, económico, social y cultural. Nada volverá a ser lo mismo porque se han elegido un conjunto de retóricas, recursos y estrategias que condicionarán el futuro de las próximas generaciones. Y las consecuencias no serán la continuidad de la mascarilla o la vuelta a la libertad de restregarse. En primer lugar está lo que se ha perdido. Los empleos, los proyectos, los aprendizajes perdidos. La vejez arrinconada en la oscuridad y con las ventanas cerradas, el recorte de los sueldos, los procesos de socialización más o menos frustrados, las vocaciones rotas, la postergación de los amores clandestinos y el hundimiento de matrimonios insoportables, las malas costumbres nutricionales adquiridas, los diagnósticos, los tratamientos y las intervenciones quirúrgicas pospuestas que han producido muertes, dolor, depresiones, situaciones de invalidez coyuntural o permanente. No son motas de polvo que se quedarán atrás, sino elementos que formarán parte de la atmósfera colectiva durante mucho tiempo porque son el combustible de lo que hoy no una coyuntura, sino la base de una identidad: la incertidumbre, el miedo, la perplejidad antes un futuro vaciado de sentido.

Y está la elección institucional para gestionar futuro, por supuesto. No se ha empezado con buen pié. Al menos en España. Porque de hacer caso a portavoces y cómplices gubernamentales esto de la pandemia va a ser un chollo. Una demostración – como dijo el saco de huesos desenterrado – que no hay mal que por bien no venga. Una pandemia universal será la excusa para una nueva modernización empresarial, tecnológica y medioambiental del país a costa de miles y miles de millones de dinero público. Un secreto: si este país ha podido pagar sus pensiones y abonar el seguro de desempleo gracias al cambio de política del Banco Central Europeo en 2012, cuando Mario Draghi decidió abrir la espita y comprar deuda pública a mansalva. Sin esa intervención, por ejemplo, la pasta gastada desde el pasado marzo en ERES, ERTES, ayudas, exenciones, bonificaciones y créditos, que han llevado a la deuda pública al 116% del PIB anual, hubiera sido imposible. Una parte del dinero que vendrá de la UE no estará sujeta a devolución, pero otra sí, por supuesto, y no se entregará automáticamente. Es sorprendente que el Gobierno y sus aliados parlamentarios – y en lo que les corresponde las comunidades autonómicas – no hayan implementado transformaciones legales para coayudar a gestionar el gigantesco suflé financiero que nos espera y que pudiera causar una indigestión administrativa insuperable. Nada. Cero. Ni en leyes orgánicas ni en reglamentos. Pero tampoco inyecciones directas a las empresas. Poder gastarse 200 millones de euros por cerrar establecimientos comerciales y frenar el virus durante quince días en un área metropolitana como Santa Cruz La Laguna, por ejemplo. La repugnancia del sanchismo a conceder dinero directamente a las empresas – salvo dos o tres oportunas excepciones – y el empecinamiento en subir sueldos públicos y pensiones deja bien claro que el Ejecutivo prioriza el control social y los efectos propagandísticos de su propia imagen – a través de un gigantesco ejercicio de clientelización de funcionarios y jubilados – sobre la vitalidad de empresarios y autónomos. No conozco a un solo economista que, en privado, no albergue severas dudas sobre las posibilidades de reconvertir la estructura productiva de un país en menos de una década gracias a un endeudamiento monstruoso y sin mediar reformas en sistema administrativo, su modelo de ordenación territorial o su sistema educativo. En el camino, entre la improvisación y la demagogia, caerán más esperanzas y expectativas, y entonces ya quedará a tiro la democracia.

Compartir el artículo

stats