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Marisol Ayala

Gabriela

Se llama Gabriela supera los noventa años y la pandemia a la que era ajena y sin embargo la realidad es que viene a por personas de su perfil, batallando con hacer ruido. No sabía, como tantos, que estaba pasando. Mis amigas son vecinas de Gabriela y siempre tuvieron claro que representa como nadie el factor de riesgo. Lean: 91 años, vive en cuarto piso sin ascensor, tiene pocos medios económicos y come como un pajarito. Para colmo hace un año y poco se cayó en la casa y sufrió fractura de fémur que sus dos hijos controlaron y cuidaron como pudieron pero siempre con los médicos del SCS pendiente de ellos. A esa edad y con una situación social complicada, rehabilitación y dolores propios de esa lesión, los médicos optaron por atenderla en casa, inmovilizarla, batidos alimenticios y mecedora cerca del balcón. Los hijos adecuaron la modesta vivienda para que Gabriela no tenga frío; medio cerrada la puerta del balcón pero esas vecinas saben que también ella está pendiente de la casa que tiene en la acera de enfrente. A veces Gabriela las saluda con la mano. Superó la fractura gracia a los cuidados de esos hijos. No le permiten que se mueva. Está mucho mejor pero sus huesos no son de fiar. Su hijo Francis es amigo en FB y en la vida; está pendiente de mis meneos y poco a poco ha ido metiéndose en la vida de mis hermanas o sobrinos que igualmente recurren a él para todo. Francis ha puesto a su madre en el perfil de FB y ahí está ella, pequeña, de gafas negras, melena a lo paje. Le recuerdo cuando hace media docena de años bajaba los cuatro pisos como un rehilete. Escucho las reprimendas de sus hijos cuando la sorprenden intentando dar un paso. Tiene buena salud y si ha llegado hasta aquí ha sido gracias a sus guardianes.

La hemos matado varias veces, pero se resiste.

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