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Óscar R. Buznego

Un Rey en medio de la tempestad

Y,por fin, Felipe VI ha hablado. Una declamación más enérgica habría estado más acorde con la intención de transmitir confianza y animar a un esfuerzo colectivo para superar la penosa situación que vivimos. Un pronunciamiento más explícito sobre el controvertido asunto que ha concitado antes y después toda la atención en torno al mensaje real hubiera complacido a los ciudadanos más exigentes o, quizá, hubiera calmado la excitación de aquellos que lo recibieron ya con pose desafiante. Pero estos son aspectos muy secundarios del discurso. Mucho más importante es la reconfortante visión de nuestro país que tiene el Rey y el aplomo y la mesura con que reclamó el máximo respeto a la Constitución, otorgándole el valor de bien básico en el que debe apoyarse la sociedad española. Ese pasaje de la alocución está coloreado por un tinte visiblemente republicano. Esta es una novedad de los discursos del Rey respecto a los de su padre que los partidarios exaltados de la república no alcanzan a ver. Desde el discurso fundacional de su proclamación ante las Cortes en 2014, el reinado de Felipe VI ha incorporado algunos valores centrales de la tradición política del republicanismo, cuya historia se remonta a la Grecia clásica y que no se reduce ni mucho menos a la elección del jefe del Estado.

El discurso navideño del Rey es uno de los sucesos políticos del año. En esta ocasión lo ha sido aún más. Las reacciones posteriores forman parte inseparable del acontecimiento. Un coro de voces críticas se ha superpuesto al eco de la intervención televisada. Partidos de izquierdas y nacionalistas que respaldan al gobierno, y medios de comunicación afines, señalan manchas de corrupción, espíritu represor con el independentismo catalán y connivencia política con la derecha en la Casa Real. En general, han redoblado sus apremios al Rey de transparencia, autocrítica y un acercamiento a sus posiciones partidistas. El PSOE, el PP, Vox y Ciudadanos han coincidido en elogiar la oportunidad y el contenido del discurso, aunque con actitudes diferentes, de apoyo incondicional en los partidos derechistas y de respaldo evaluable en el caso de los socialistas.

Esta es la cuestión. La lectura de los discursos de Felipe VI, del primero al último, es incompleta si no se tiene en cuenta el ambiente de fondo en el que fueron pronunciados. El mensaje del jueves adquiere un significado mayor cuanto más se repara en el panorama político actual. Una encuesta reciente de 40db lo describe a la perfección. La inmensa mayoría de los españoles opina que el debate político es poco respetuoso, de escasa calidad, descentrado de los problemas prioritarios, y cree que no ha dejado de empeorar. Los encuestados consideran que los políticos no conocen los asuntos que manejan y están poco dispuestos a conseguir acuerdos. Para ellos, Vox y Unidas Podemos son las fuerzas políticas que más contribuyen al deterioro de la esfera política. La monarquía genera tensión, sobre todo según los votantes del PSOE y Podemos, pero menos que la gestión de la pandemia y el tema catalán. Un 72% percibe que la división entre izquierda y derecha ha aumentado. Dejando constancia del hecho, el 60% de los votantes de izquierdas piensa que la derecha española es antidemocrática y, en justa réplica, el 70% de los votantes de derechas piensa lo mismo de la izquierda.

En torno al 40% de los españoles declara que en un referéndum votaría a favor de la república. Este porcentaje se eleva notablemente entre los jóvenes. Es una evidencia que en España ha renacido una tradición republicana silenciada durante mucho tiempo. Pero nuestro país tiene un problema político previo, que los datos citados ayudan a ver con claridad. El clima político está muy agitado y polarizado, hasta el extremo que más de un tercio de la población española no se sentarían con un votante de Vox, Podemos o un partido independentista ni a tomar algo. El Rey está sometido a fuertes presiones. Si se convirtiera en el rey sesgado que quiere cada uno de los diferentes partidos, la monarquía no sería posible y quizá tampoco una república democrática. Precisamente eso es lo que echó a pique la Segunda. Los españoles califican al personal político con la peor nota de la clase, un suspenso sin paliativos. Al Rey le conceden un aprobado, en parte por lo que aprecian en sus discursos y en sus actos. Ahora imaginemos por un momento que la figura del Rey se retira del tablero político. Mejor pensamos en otra cosa.

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