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Tropezones

MERMAS

Es bien sabido que los mayores, sin abandonar del todo la actualidad política o futbolera del momento terminan decantándose cada vez más por un tema favorito, el de contrastar sus pupas. La aparición de nuevas dolencias, objeto de las consabidas expresiones “..pero si yo nunca..” o bien “..no sé lo que me pasa últimamente..” suelen dar pie a un enriquecedor intercambio de sintomatologías.

Emulando el manido recurso de persona interpuesta en la consulta al galeno:”...tengo un amigo con un problema delicado...”, quisiera referirles tres situaciones, que me plantea un conocido mío.

“Es curioso, aunque creo oír bien, me cuesta interpretar el sentido de lo que estoy escuchando”.

Hechas las pertinentes averiguaciones lo que parece ocurrir es que la dificultad de discernir los tonos más agudos de los sonidos influye no sólo en la imposibilidad de percibir por ejemplo el pito del guardia que nos recrimina por saltarnos un semáforo en rojo. Ocurre también que al tener las consonantes un sonido más agudo que las vocales, en una frase cualquiera en las que se “oscurezcan” las consonantes y cobren protagonismo por tanto las vocales, la comprensión ha de peligrar seriamente. Imagínense la siguiente frase dirigida a mi conocido:”..que no te enteras, Contreras..”, y retoquen aleatoriamente algunas consonantes. El mensaje puede quedar más o menos así:”..con aloe vera, de sopera,,“. Y si el interpelado pide que se le hable más alto, tan sólo conseguirá que el falso mensaje se convierta en un clamor.

Otra “curiosidad” que me notifica mi conocido (bueno más que un conocido, es casi un amigo): “no entiendo por qué por la mañana me duele más la espalda que al acostarme, si he estado descansando toda la noche”.

La explicación tampoco tiene nada de extraño, y es un síntoma más que cabría achacar a la fecha del DNI: normalmente las almohadillas esponjosas que separan nuestras vértebras se rehidratan y se expanden durante la noche al estar la columna en reposo y libre de compresión vertical. No es extraño haber crecido al despertarnos hasta 1 cm. Con la edad el llamado núcleo pulposo de las almohadillas pierde su capacidad de rehidratación y amorti- guación, con la resultante rigidez matutina de nuestras provectas y maltrechas espaldas.

Una tercera anomalía de la que se sincera conmigo mi amigo (en realidad más que un amigo he de reconocer que es casi un hermano) es la siguiente:”.. fíjate que últimamente he estado a punto de caerme varias veces al ponerme los pantalones por la mañana. Pero si esto nunca me había ocurrido,,“. Bueno aquí sí que he de apelar no a unos presuntos conocimientos mé- dicos de mi amigo L. sino a su puro sentido común. Mira, si por la mañana, con las facul- tades embotadas por tu profundo sueño y la consiguiente merma de estabilidad, te arriesgas a mantener el equilibrio sobre una pierna mientras te enfundas la segunda pernera del pantalón, es que estás desafiando a la gravedad, y poniendo en serio peligro tu integridad física.

En fin, confío en que estos sencillos consejos le hayan podido ser de alguna utilidad a mi entrañable L.W.

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